Día de diario o río de día
Amalia Rodrigues18-04-03: Viernes Santo. Mañana lluviosa y fresca.
Hace rato estuve tratando de precisar -no sé por qué- cuándo me mudé de la Av. La Salle a la Av. Victoria, en Caracas o lo que es lo mismo, de cuándo pasé del edificio Aramina al edificio Excelsior. Yo estudiaba mi primer año de Derecho en la UCV y junto con mi hermana Elsy vivía en la residencia estudiantil que tenían Amable y Toto de Lima (más la primera que el segundo, pues Toto se la pasaba en Barquisimeto). Amable consiguió después un apartamento más grande e igualmente cercano a la Universidad. Para mí resultó mejor, puesto que mis clases eran en la Facultad de Farmacia y la entrada hacia la UCV por ese lado me quedaba muy cerca. El edificio Excelsior está ubicado al comienzo de la Av. Victoria, en una esquina de Las Acacias. ¿Cuándo nos mudamos? Con seguridad fue en el primer semestre del año 1968. Recuerdo el frío que hizo en Caracas los primeros meses de ese año. Creo que el frío se prolongó hasta Marzo. Ahora me veo saliendo del edificio “Aramina”, muy temprano, con Elsy, Chico y Nelman, muy abrigados los cuatro, dirigiéndonos a la entrada de la Plaza Venezuela para ir a clases. El día que recuerdo escuché el comentario acerca de la prolongación inusitada del frío. ¿Estaríamos en febrero? ¿en marzo?
Me veo también una tarde, leyendo en el balcón del edificio Excelsior. Toto de Lima entró al balcón y comentó: “Estas son horas en que De Gaulle debió haber caído”. Quiere decir, entonces, que ya en mayo estábamos en la Av. Victoria. Así, voy ubicándome en los primeros cinco meses del año, mejor dicho, en los primeros cuatro. Descarto mayo como el mes de la mudanza. En la escena del balcón me percibo como muy aclimatado en la nueva casa. Debía tener allí un mes, por lo menos. Busco en la memoria hechos que me ayuden a ubicarme. Encuentro una visita de mi papá al edificio Aramina. Asistí con él ese día a un acto político, un mitin de Prieto Figueroa en el Nuevo Circo. ¿Cuándo ocurrió eso? No pudo ser en el 67 ¿o sí? Ahora me veo cumpliendo 18 años en el apartamento de la avenida Victoria. Ya estoy más cerca del dato que busco. Mi cumpleaños es el 27 de Marzo. Ese día del año 68 yo había ido a la librería Suma y comprado algún libro. Cuando llegué al apartamento me encontré con una torta de cumpleaños que me había hecho Amable. Por esos días yo estaba leyendo a Carlos Fuentes. Un compañero de habitación (Alcides Santeliz) comentó que yo contribuía mucho con ese “tal Fuentes”, porque compraba todos sus libros. Supongo, entonces, que era un libro de Fuentes el que había comprado ese 27 de Marzo del 68. “Zona Sagrada” no, porque la había comprado el primer fin de semana que pasé en Caracas, en Octubre del 67. Fui con Elsy y con Nelman a una feria del libro en Pro-Venezuela. También compré esa vez “El espejo de Lida Sal” de Miguel Angel Asturias, quien había ganado ese año el Premio Nobel. No se me olvida una frase de una de las leyendas recreadas por Asturias en ese libro: “Y volvió la guacamaya roja a manchar sus hermosas piernas morenas”. Nada. Que la mujer no salía embarazada y volvía a llegarle la regla. Retorno al libro de Fuentes. Debió ser “Cambio de piel”, que leí con deleite ese año 68. Pero también pudo ser “La muerte de Artemio Cruz” o “Cantar de ciegos”, que creo haber frecuentado por esos meses. Pero si debo quedarme con uno, postulo, con cierta inseguridad, a “Cambio de piel”, como la obra de Fuentes que adquirí el día de mi cumpleaños.
Oigo la Sinfonía Concertante de Mozart mientras escribo. Ya almorzamos. Cuchi preparó un sabrosísimo asopado de mariscos. “Para que te acuerdes del Botafumeiro”, me dijo. Ya no llueve, pero lo hizo con ganas durante casi toda la mañana. Cuando llegamos a la panadería del “París” empezó a caer un señor aguacero. Lo recibimos con un gran regocijo.
Ya no llueve. Son las dos y cincuenta minutos de la tarde. El sol asoma con timidez.
Retomo la búsqueda del día en que me mudé del Aramina al Excelsior. Estoy ahora en el Paseo los Ilustres. Baltazar Gutiérrez y yo habíamos quedado en vernos allí a las siete de la noche. El gusto por la literatura nos había acercado, pocos días después de conocernos en el aula de clase. Descubrimos nuestra común afición cuando nos vimos en el anfiteatro del Instituto Anatomo-Patológico de Medicina para escucharle una conferencia a Gustavo Luis Carrera sobre novela latinoamericana. “¿Qué hace este compañero de Derecho aquí?”, fue la pregunta que ambos nos hicimos. Baltazar había ganado un concurso de cuentos para liceístas con un relato de tema petrolero que se publicó en el Papel Literario de El Nacional el año anterior (1967). Domingo Miliani fue jurado en ese concurso promovido por el Liceo “Libertador” de Mérida. Nada tenía que ver Baltazar con Mérida ni con ese liceo. Fue un concurso nacional, y Baltazar, desde Caracas envió su cuento. El relato se titulaba “La noche de los mechuzos”. Baltazar es de Zaraza, Estado Guárico. Recuerdo que uno o dos años después Baltazar se peleó con su pueblo y me dijo: “Ya no soy de Zaraza. Soy de Onoto”. Pero qué va. Seguía adorando a Zaraza y admirando a Armas Chitty. Ahora estamos –como dije- en el Paseo Los Ilustres. Estoy casi seguro de que es el mes de febrero del 68. Yo vivo cerca de allí y Baltazar en Los Chaguaramos. Somos casi vecinos.
Leo algunos artículos de Claudio Magris en “Itaca y más allá”. ¡Cómo me gusta este escritor triestino! Cuando habla de los lugares de la escritura y se refiere a Trieste, es poesía lo que brota de esa prosa espléndida que tiene. En Trieste encuentra Magris el tiempo múltiple que le permite soportar (pero también amar y gozar) el “extravío general que es el mundo”.
El cuarteto de Trieste. Buen título para una introducción literaria a esa ciudad. Los cuatro son: Italo Svevo, James Joyce, Umberto Saba y Claudio Magris. Podríamos invitar a un quinto nombre: Rilke. Como se sabe, el castillo de Duino está muy cerca de Trieste. Y si me apuran un poco, a esos cinco escritores agregaría una pintora: Leonor Fini.
La conversación con Baltazar fue sobre literatura. Asturias, Rulfo, Onetti y García Márquez, seguramente eran los nombres que iban y venían con mayor frecuencia en nuestro diálogo. El tema del petróleo en la literatura era otro tópico de interés para Baltazar. Por él leí “Guachimanes”, de Bracho Montiel. “¿Aguafuertes para una novela del petróleo”, era el subtítulo de ese libro? Eso creo. Alfredo Armas Alfonzo también venía a cuento, por sus cuentos, en esas conversaciones callejeras que se repetían de cuando en cuando. Un mañana conseguí en la librería Cruz del Sur “La cresta del cangrejo”, uno de los primeros libros del narrador de Clarines y se lo regalé a Baltazar. La entrevista que Díaz Sosa le hizo a Armas Alfonzo, en una página completa de El Nacional, ocuparía nuestro interés por varios días. Pero ¿fue en el 68 o en el 69 esa entrevista?
19-04-03: Sábado de gloria y día de fiesta nacional en Venezuela.
Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Octavio Paz. La última edición de Letras Libres le está dedicada. He invitado a los integrantes del foro “Marías” a recordarlo y releerlo. Hasta ahora sólo ha habido dos respuestas a esa invitación. Pienso que Paz irá creciendo con los años. Su poesía, menos valorada que sus ensayos por algunos, tendrá una recepción más feliz y fecunda. La lucidez de Paz, su afán de expresión ensayística, deslumbrante y feliz, le ganó inmensas devociones, en detrimento, quizá, de sus poemas. Para mí es siempre un poeta. Sin su poesía no existiría el ensayista.
En el edificio Aramina vivía una familia italiana de apellido Cibrario. Chico Meléndez se enamoró de Liliana Cibrario, una elegante y delgada muchacha que trabajaba en una empresa privada, lo que le daba una atractiva imagen de independencia. Chico se enteró de la fecha de su cumpleaños y le envió ese día unas flores. Liliana fue a darle las gracias esa tarde. Chico no encontraba dónde esconderse. Viviendo ya en el Excelsior, fuimos una noche Toto, Chico, Alcides y yo a visitar a los Cibrario, quienes también se habían mudado del Aramina. Vivían en un edificio de la Av. Casanova. Después de esa visita, Toto no dejó de hacerle bromas a Chico, aludiendo a la “belleza fría” de Liliana, en especial, a “las manos cadavéricas de Liliana Cibrario”. Según Toto, ese era el atractivo de Liliana, además de su condición de joven que no dependía económicamente de su familia. De esa visita yo recuerdo a un gato. La señora Cibrario nos informó que el gato que veíamos allí, tan tranquilo, se había caído del sexto piso. Estábamos, entonces, contemplando una de las seis vidas restantes del bello felino blanco que reinaba ahora en la sala, frente a la ventana cerrada.
Cuchi hace arepas con ajonjolí para el desayuno. Arepas, mantequilla y queso de cabra.
Una llovizna pertinaz nos acompaña este sábado. Puedo pensar en otras mañanas del tiempo perdido y recobrado. Puedo pensar en un amigo que se fue hace dos años y que hace 32 pasó la semana santa en mi casa, alegre como el pájaro que acaba de aproximarse a la ventana. No ha cambiado mucho la lluvia, pero ya no es tan lento el paso de los días, ni está mi abuelo para decirnos cuando sale “que no nos preocupemos, que ya vuelve, que sólo va un rato a orar en el templo”.
Es hermosa la semblanza que del poeta Biagio Marin hace Claudio Magris en “Microcosmos”. Marin escribía en dialecto de Grado, su pueblo, un pueblo muy cercano a Trieste. El dialecto era una variante del friulano. Dice Magris: “Con Marin no se perdía tiempo; él ignoraba casi físicamente la banalidad, ese escurrir el bulto que se consume en la nada y a veces protege de la violencia de la verdad, impidiéndole asomarse al vacío...”.
En Gourmet Channel están hablando en este momento del mole poblano. Están haciéndolo, además. Veo una inmensa cocina. Creo que es la cocina de un convento de Puebla. El comentarista dice que es la más grande de México. Habla del barroco mexicano. Sin duda esa cocina de los conventos era una cocina barroca, opulenta.
Gourmet Channel se va a Argentina. Es ahora un bife de chorizo lo que veo. Están sacándolo del costillar de una ternera. El cocinero dice que se trata de lo que los franceses llaman “entrecote”. Le ha quitado la grasa a la carne que sacó del costillar. Eso es el bife de chorizo. Ya está limpio. Es como un lomo entero. Ahora va cortando los “bifes”. Los llama “ojos de bife” y los coloca en un plato para marinarlos. Les agrega bastante aceite de oliva, romero y tomillo. Me perdí un ingrediente, pero presumo que era ajo (¿o echalote?). No. No era ajo. Era, en efecto, echalote (para los argentinos), es decir, escalonia (para nosotros). Muestra la parrilla y unos tomates que va a usar para una ensalada con espárragos y espinacas. También peras. Las corta. Están verdes todavía las peras. Pasó el tiempo. El video mostró unos caballos y una pradera. Ahora el cocinero comienza a asar los “ojos de bife” ya marinados. En una plancha coloca en este momento los trozos de pera y los espárragos blanqueados. La plancha está muy caliente, lista para “grillar”. Mientras tanto, le da una vuelta a los “bifes”. Nuevamente vemos los caballos y la pradera. Ya las peras están doradas. También los tomates que había colocado en la plancha poco después de las peras. Ahora hace una salsa criolla con tomates cortados en trocitos. Le pone un poco de picante (tabasco), ajo, aceite, un ingrediente que se me escapa, aceite de oliva, aceto, limón, pimienta negra y un poco de sal. Ya está lista la salsa. Ahora toma un plato y coloca las peras, los tomates y los espárragos que estaban en la plancha. Les pone encima las espinacas. Agrega aceite de oliva, unas gotas de aceto y pimienta negra. Esa es la ensalada. Busca los bife. Los retira del fuego. Les saca el cordón con que los había atado antes de ponerlos en la parrilla y los coloca en el plato junto a la ensalada. Añade la salsa y toma una copa de Malbec argentino y se despide.
Cuchi preparó pabellón sin baranda para el almuerzo (se le olvidaron las tajadas, a pesar de que tenía los plátanos). Estaba delicioso. A falta de Malbec, abrí un Cabernet Sauvignon chileno, uno de esos vinos de Concha y Toro que por su precio no dejan nunca de ser estupendos. Esta vez era un “Frontera”. La devaluación de nuestra moneda ha disparado los precios del vino. Uno debe hacer indagaciones previas en los supermercados y licorerías, para seleccionar calidad y precio. Así, todavía podemos conseguir el albariño Condes de Albarei en el Madeirense, a poco más de once mil bolívares la botella. El grandioso “Los Vascos” se fue a las nubes y no me refiero al gran reserva. De todos modos, todavía podemos permitirnos una que otra botella. En el Madeirense todavía no alcanza los veinte mil bolívares. Una bodega de Nueva Segovia tiene “Frontera” a ocho mil bolívares. Me refiero a la surtida bodega de Pastor, una referencia neosegoviana obligatoria. Allí compré la botella del almuerzo. No está mal el “Frontera”. Me recuerda al “Gato Negro”, pero lo siento más grato. Un neocatador formado por Pomar diría: “Tiene un buen ataque este vino”.
Cuchi preparó pabellón sin baranda para el almuerzo (se le olvidaron las tajadas, a pesar de que tenía los plátanos). Estaba delicioso. A falta de Malbec, abrí un Cabernet Sauvignon chileno, uno de esos vinos de Concha y Toro que por su precio no dejan nunca de ser estupendos. Esta vez era un “Frontera”. La devaluación de nuestra moneda ha disparado los precios del vino. Uno debe hacer indagaciones previas en los supermercados y licorerías, para seleccionar calidad y precio. Así, todavía podemos conseguir el albariño Condes de Albarei en el Madeirense, a poco más de once mil bolívares la botella. El grandioso “Los Vascos” se fue a las nubes y no me refiero al gran reserva. De todos modos, todavía podemos permitirnos una que otra botella. En el Madeirense todavía no alcanza los veinte mil bolívares. Una bodega de Nueva Segovia tiene “Frontera” a ocho mil bolívares. Me refiero a la surtida bodega de Pastor, una referencia neosegoviana obligatoria. Allí compré la botella del almuerzo. No está mal el “Frontera”. Me recuerda al “Gato Negro”, pero lo siento más grato. Un neocatador formado por Pomar diría: “Tiene un buen ataque este vino”.
Sigo leyendo a Magris y después iré por Italo Calvino. ¡Qué desorden de lecturas! ¡Qué hacer con esta biblioteca donde ya me pierdo! Unos libros me caen a la cabeza y a otros los piso. Ya no puedo.
Ahora Dolly hace un postre: “Chocolote tres leches”. Comenta que no se sabe si este postre es venezolano o mexicano. Lo cierto es que se dispone a hacerlo en este momento. Leche condensada (reducción de leche, leche evaporada con azúcar), leche evaporada, y crema de leche. Tres densidades de leche. Explica qué cosa es una y las otras. Hace el bizcocho. Mientras observo me doy cuenta de algo: lo que sirven en Venezuela como “tres leches” tiene muy poco que ver con lo que está haciendo Dolly. Le pregunto a Cuchi. Me dice que ese postre es mexicano y que en Venezuela sólo hacen una cosa empalagosa llena de licor a la que le han puesto ese nombre. Chapeau por Cuchi, que lo sabe todo.
Dolly dice: “Vamos a la huerta. Bebemos ricos vinos. Todos los días por Gourmet Channel”.
Dejé a Toto de Lima haciendo chistes a costa de Chico. Cuando ponderó su casa como residencia para Elsy y para mí, nos dijo que íbamos a tener la suerte de compartir con Chico Meléndez, una persona delicadísima y pulcra. Su comentario comenzó siendo muy elogioso (no dejó de serlo nunca, quizá), pero cobró de repente visos evidentes de caricatura. “El niño Chico es muy delicado. Sólo le gustan las berenjenas y las aceitunas”. Más que de las palabras, el retrato del personaje surgía de la gestualidad de Toto. Cuando conocí a Chico y aún después de compartir con él habitación y muchísimos momentos de compañerismo residencial y universitario, comprobé la veracidad de la descripción que de él había hecho en mi casa de la 17 el legendario Toto de Lima. Chico era eso: un señorito.
Hoy se cumplen 45 años de la pelea de Ramón Arias y Pascual Pérez. Un artículo de El Nacional recuerda ese momento que jamás olvido. Yo tenía encima del televisor una foto de mi ídolo, Ramoncito Arias. También tenía ocho años y muchas ganas de celebrar su triunfo. Creo que ese día era sábado, como hoy. Recordé la ceja sangrante de Ramón Arias. A pesar de ella, pensé que el venezolano podía ganarle a un contrincante que había caído a la lona en el segundo round. Después supe que Pascual Pérez era casi invencible. Supe, asimismo, que había sido el más grande peso mosca de su tiempo.
Acaba de concluir el juego Barcelona-Real Madrid. Empate a uno en el Bernabeu. Durante casi todo el juego dominó el Barça. Motta, en especial, lo hizo muy bien. Zizou no pudo con su implacable marcaje.
20-04-03: Domingo de nubes, sin lluvia. Me despertaron esta mañana unos cohetes. También oí gemidos que presumí de placer y que venían de la otra torre. Oí a un pájaro que canta a ritmo de campanario. Creo que da la hora ese pájaro. Hoy es Domingo de Resurrección. Queman a Judas.
En alguna carpeta de viejos papeles debo conservar un poema de Toto de Lima dedicado al amanecer en el llano. Toto versificaba de vez en cuando, pero era sobre todo un conversador insigne y, por supuesto un gran embustero, como todo narrador oral que se respete. De su padre heredó la fórmula para una poción que curaba no sé qué enfermedad del ganado. Se llamaba “Poción antipestosa De Lima”. Esa y otras pociones como la “Becerrina” y la “Averina” eran productos veterinarios cuyas fórmulas había heredado Toto. También era suya la fórmula de la efectiva pomada “Delmara”, para las quemaduras y demás males de la piel. El nombre de la pomada es una combinación de los dos apellidos de Toto: De Lima Lara. Antonio de Lima Lara era primo y compadre de mi padre y un personaje para toda la familia, un personaje de esos que se hacen pintorescos por sus ocurrencias, por sus modos de ser distinto.
En alguna carpeta de viejos papeles debo conservar un poema de Toto de Lima dedicado al amanecer en el llano. Toto versificaba de vez en cuando, pero era sobre todo un conversador insigne y, por supuesto un gran embustero, como todo narrador oral que se respete. De su padre heredó la fórmula para una poción que curaba no sé qué enfermedad del ganado. Se llamaba “Poción antipestosa De Lima”. Esa y otras pociones como la “Becerrina” y la “Averina” eran productos veterinarios cuyas fórmulas había heredado Toto. También era suya la fórmula de la efectiva pomada “Delmara”, para las quemaduras y demás males de la piel. El nombre de la pomada es una combinación de los dos apellidos de Toto: De Lima Lara. Antonio de Lima Lara era primo y compadre de mi padre y un personaje para toda la familia, un personaje de esos que se hacen pintorescos por sus ocurrencias, por sus modos de ser distinto.
(…)
Ninguna aceptación tuvo la aparición de Toto de Lima el día que llevó el yantén para curar a mi tío Rafael José del cáncer. “Ya viene Toto con sus brujerías”, debió ser el comentario de mi madre y, seguramente, del enfermo. No se le dijeron, claro. Pero lo pensaron. Toto dio las instrucciones para el uso de la maravillosa yerba curativa y se fue, dejando un halo de optimismo en la casa. No recuerdo si el descreimiento fue vencido en algún momento por la desesperación ante la enfermedad y se llegó a usar el yantén. Lo cierto es que no había cura posible. Mi tío murió a finales de julio de 1967.
Toto de Lima sí curaba la tristeza. Era una fiesta su llegada a Caracas. Eran una fiesta sus visitas. “¡Llegó Toto!”, decía Alcides y todos salíamos a recibirlo. En la noche nos íbamos a un café de la Av. Victoria a escuchar sus cuentos.
Muy bueno el artículo de Edward Said hoy en El País. Se refiere a la guerra.
Mi merienda: una crema de chocolate que acaba de hacer Cuchi.
Llamada de Benito para preguntarme si el CNU le abrió una averiguación administrativa a Gustavo Luis Carrera por el uso indebido de un vehículo de la Universidad Nacional Abierta, en los tiempos en que estaba dejando el Rectorado. Como recuerdo claramente el caso, pude responderle a Benito de inmediato y sin ninguna duda: no se le abrió averiguación. Afortunadamente privó la sensatez. Hubiese sido una verdadera vileza iniciar un proceso en su contra. Primero, porque no era procedente y, en segundo lugar, porque hubiese sido hacer leña del árbol caído y ninguna de las autoridades de educación superior lo iba a tolerar. Por el contrario, se manifestó una gran indignación por el despliegue inmisericorde y espantoso que hizo la prensa en contra de Gustavo Luis. Era un padre que hacía lo posible por salvar a su hijo, a quien iban a “linchar” en Los Palos Grandes, bajo el auspicio indirecto de alguna televisora, con participación protagónica del Alcalde de Chacao. Gustavo Luis Carrera fue sentenciado a muerte civil por la prensa. Era la primera vez en esta nueva etapa del país que los medios actuaban con tanta saña contra alguien que no fuese Chávez.
La pregunta de Benito acerca de Carrera tiene que ver con un nombramiento que piensan hacer en el área del Libro. Me parecería acertado y a la vez un acto de justicia, si se tratara de una asesoría. No más. Pienso, de todas maneras, que más que la designación de una persona como Carrera, se debe iniciar una revisión a fondo de la política del libro en el país. Monte Avila está en la indigencia, si es que existe materialmente todavía. La Biblioteca Ayacucho, igual. Del CENAL no tengo noticias. En fin, un panorama desolador.
Misteriosa desaparición de un libro en esta casa: ayer bajé de un estante seis libros de Italo Calvino. Uno de ellos era “Seis propuestas para el próximo milenio”. Puse todos los libros sobre la cama, luego de pasarles un trapo para quitarles el polvo acumulado. Iba a revisarlos un poco más tarde. Mientras tanto, entré a internet, leí otras cosas y almorcé. Cuando iba a iniciar mi búsqueda en los libros de Calvino me percaté de que faltaba “Seis propuestas...”. No he dejado de revisar desde ayer en la tarde todos los cerros de libros que tengo en la biblioteca y en el cuarto y nada, Calvino no aparece. “Se lo tragó la tierra” es la expresión que uno suele emplear para estas desapariciones súbitas y misteriosas. Yo debo retocarla y decir más bien: “se lo tragó la biblioteca”. Cuchi me asegura que está allí, entre sus congéneres.
Tampoco encuentro hoy un libro de Alvaro Mutis (la edición del FCE de “Summa de Maqroll el Gaviero”). Creo que esta vez es un desencuentro normal, cotidiano y no una inusual y enigmática fuga como la de Calvino. El libro de Mutis seguramente está extraviado. Al de Calvino “se lo tragó la Biblioteca”. ¡Un detective urgente, por favor para resolver este caso! pero que no sea Pepe Carvalho, gran pirómano, una verdadera amenaza contra los libros.
Mañana voy a Caracas por la tarde. Hablaré con Benito en la noche y el martes asistiré a la instalación de la Comisión Mixta sobre la Ley de Cultura, en la Asamblea Nacional. Aspiro retornar el mismo martes. Mañana en la mañana será un día de bastante trabajo en la UNEY. Es el inicio del nuevo año académico. Debo revisar la agenda y reelaborarla. Necesito imprimirle un ritmo mayor al trabajo. Hay aspectos académicos que debo fortalecer. Uno es el proyecto definitivo de la carrera de Diseño que debe salir muy pronto. No puede haber más espera.
21-04-03: Llegué a Caracas a las seis de la tarde. El viaje me pareció rapidísimo por la entretenida conversación que traía con Anrro. Pasamos del tema de la universidad al de la política, para terminar hablando de sus ancestros portugueses. Especialmente recordó a su padre, quien fue Maestro de Cocina y trabajó más de veinte años en el Ministerio de Sanidad, al frente de la cocina del Algodonal. El viaje que hicieron a Madeira fue uno de los mejores relatos que le he oído a Anrro. Vi las flores a lo largo de toda la carretera. Vi las fiestas patronales. Vi el autobús que alquiló su padre para que la familia recorriera toda la isla. Vi a Anrro extrañado por el consumo cotidiano y abundante de vino. Vi desde el avión la geometría de la tierra sembrada, las líneas exactas abiertas por los bueyes. Vi a unas bellas portuguesas pasear por la avenida principal de San Antonio. Vi sus violentas cabelleras.
Tuvimos un normal y grato comienzo de año académico. Salimos temprano de Barquisimeto, después de que Cuchi llevó a mi mamá a hacerse unos exámenes en el laboratorio Briceño. Tanto en San Felipe como en Barquisimeto había llovido bastante. Definitivamente, entraron las lluvias en el país después de una larga sequía. El verde ha vuelto a ser verde, verde viento, verde ramas, brillante como hoy en la UNEY, con una garza blanca posándose feliz en su entrada.
Lo primero que hice fue una reunión en mi oficina con el Turco y Ramón, para comentar esta nueva etapa. Son cuatro años más de responsabilidad nuestra en la UNEY. La iniciamos con un nuevo reglamento que nos permitirá trabajar para su verdadera consolidación, para su crecimiento, para afianzar una cultura universitaria que se viene abriendo paso con mucho esfuerzo, pero también con paciencia y entusiasmo.
Dos de los dirigentes estudiantiles que encabezaron la toma del año pasado se nos acercaron hoy en plan amistoso, solidario. Uno de ellos, incluso, conversó con Cuchi y reconoció sus conocimientos en el tema de la alimentación. Desde antes de las vacaciones de semana santa había percibido en ellos un cambio favorable.
Esta noche cené con Benito y con Farruco. Estuvimos en el restaurante Amazonia, en Las Mercedes. Hablamos de la necesidad de un rápido acuerdo en la comisión que instalaremos mañana en la Asamblea Nacional. Me pareció que Farruco está bastante animado en su trabajo. Ojalá se mantenga así y siga confiando en Benito.
Reencuentro con Leopoldo, el chofer de María Fernanda. Seguía en el CONAC, pero estaba desterrado. Lo habían puesto a manejar un camión. Benito lo rescató y lo llevó de nuevo al despacho del Presidente. Esta noche fue nuestro chofer.
El azar concurrente hace de las suyas. Cuando salimos del restaurant llevamos primero a Farruco. Resulta que Farruco vive en Las Acacias y pasamos por la Av. Victoria. Me encontré con el Edificio Excelsior y con las calles que he estado recordando estos días. Como Farruco tiene muchísimo tiempo viviendo por esa zona, le pregunté por un nombre que no recordaba: el de la panadería cercana al Excelsior. Lo sabía: Natalia. Allí conversamos muchas veces Toto de Lima, Chico, Alcides y yo. Así que donde escribí hace poco “un café de la Av. Victoria” léase “la panadería Natalia”.
Toto de Lima es recibido en mi casa y dice: “comadrita”. Así saludaba a mi mamá.
Me contó el Turco que estuvo leyendo un libro de Armas Alfonzo que le prestó su cuñada Laura Herrera. Mejor dicho, Laura le solicitó una opinión o asesoría para una conferencia que tiene que dar sobre el trabajo de Armas Alfonzo como cronista y le facilitó el libro. El azar concurrente lezamiano vuelve por sus fueros. Armas Alfonzo había aparecido en este diario hace dos días, al recordar las lecturas que compartí con Baltazar Gutiérrez en el año 68. El narrador del Unare se desplazó por el oriente del país con personajes que se llamaban Gualdo Mapire o Zenón Marapacuto.
22-04-03: Estoy en el Anauco Hilton. Son las seis y media de la mañana. Quedé con Benito en vernos a las ocho para desayunar. En la televisión siguen discutiendo sobre el referendum y sobre la polémica entre el gobierno de Colombia y el vicepresidente de Venezuela. Ministros colombianos han acusado al gobierno de nuestro país de favorecer a los guerrilleros. Acerca del referendum, es la fastidiosa campaña opositora de los medios insistiendo en que Chávez saboteará el “revocatorio”, que hará trampas de todo tipo, que hará lo imposible por evitarlo y que en caso de que se dé, desconocerá sus resultados. Parece que los “angelitos” de la oposición están preparando con ahínco su nueva derrota.
Encuentro en un archivo de la portátil un regalo que me hizo Carmen Alvarez Solves desde Valencia (España): “Lágrima” de Amalia Rodrigues. Apagué de inmediato el televisor y ahora suena en todo el apartamento del Anauco Hilton la voz preciosa de Amalia, una languidez que alegra mi corazón esta mañana.

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