Thursday, May 12, 2011

El ensayo en Borges


Detenerse en la obra ensayística de Borges es, en realidad, entretenerse. Quiero decir que nuestra relación con ella es semejante a la que tenemos con sus poemas y relatos, por la sencilla razón de que sus ensayos son piezas de un corpus literario que entiendo como una esmerada unidad. Poseen, además, la misma riqueza artística y temple estético que el resto de sus más celebrados componentes, pese al descuido de cierta crítica. Ya lo señalaba uno de los más inteligentes estudiosos del argentino. Me refiero a Jaime Alasraki, quien en su libro La prosa narrativa de Jorge Luis Borges (Editorial Gredos, Madrid, 1974) llamó la atención acerca de cómo el Borges narrador y poeta “ha relegado a segundo plano al ensayista”. Apuntó como razones de ese desplazamiento, entre otras:

el éxito de sus cuentos, que ha otorgado a Borges su celebrada notoriedad; el grave error de excluir el ensayo de su obra creadora; la tendencia a ver el ensayo no como entidad en sí misma sino como exégesis o suplemento del poema o del cuento… el delgado límite entre ensayo y cuento y la subsiguiente necesidad de estudiar el uno en ensamble con el otro.  

       Entre las razones indicadas por Alasraki para explicar el desvío de la crítica en relación con los ensayos de Borges, hay una que me parece clave: “el grave error de excluir el ensayo de su obra creadora”. Creo que este motivo es comprensivo de los otros. Tanto lo es, que explica claramente la tercera de las razones invocada por Alasraki: “el delgado límite entre ensayo y cuento”. Es muy frágil ese deslinde porque a Borges no lo aprisionaban los géneros y un cuento suyo bien podía pasar (como efectivamente pasó) por una reseña de libro. Lo inverso también es cierto (una reseña de libro podía pasar por un cuento). Por otra parte, la ambigüedad era un placer borgiano, como la máscara, y a falta de máscara, el antifaz (tal vez los mismos antifaces que usó Beatriz Viterbo en los carnavales de 1921).

       La obra de un creador como Borges, a quien le obsesionaron desde muy joven ciertos temas (el tiempo, el infinito, el sueño, las lenguas) no puede ser fragmentada, sin el grave riesgo de amputarle su pleno goce estético. Así, quien se acerque a sus ensayos buscando sólo datos que le expliquen algunos enigmas de sus cuentos, estará privándose de una escritura que también vale como tal y no sólo por sus temas y sus citas. Le ocurrirá a ese lector lo que le ocurre a los policías de las aduanas cada vez que pasa el hombre de la carretilla, como lo recordó Gabriel Zaid, a propósito de Alfonso Reyes. Le revisan el contenido para buscar la mercancía robada y nunca la encuentran. Claro, el hombre sólo roba carretillas. Resulta que también Borges vale por su carretilla. Y esto en el ensayo es de mayor relevancia que en cualquier  otro de los “géneros” cultivado por el genio porteño.  

      Propongamos algunos caminos para gozar del Borges ensayista. Me atrevo con uno: encontrar en sus ensayos, no la clave del cuento, sino el cuento mismo. Pero antes, recordemos los libros donde Borges cultivó el arte de la conjetura intelectual, la desleída frontera de los espacios discursivos y el regodeo supremo de las inquisiciones verbales y metafísicas (con perdón de la tautología), es decir, sus libros de ensayos.


 Los ensayos.
     
        El joven que retorna a Buenos Aires al comienzo de los años veinte es un joven preocupado por las posibilidades expresivas de la lengua. También por los aspectos mágicos, mitológicos y filosóficos de la literatura. Basta leer los índices de sus primeros libros para apreciar esas inquietudes borgianas. Así, en Inquisiciones (1925) figuran ensayos dedicados a Torres Villarroel y a Quevedo, un trabajo sobre la metáfora, artículos acerca de tópicos argentinos (la poesía gauchesca, el tema de lo criollo) y textos relativos a asuntos metafísicos, como el dedicado a su querido Berkeley. No faltan escritos sobre literatura europea (Joyce, el expresionismo) y algún ensayo de tema filológico. Esos mismos intereses intelectuales se prolongan en su segundo libro ensayístico, El tamaño de mi esperanza (1926). En él vuelve al tema de lo criollo y también al del lenguaje. Este, a su vez, se verá prolongado en el tercer libro de ensayos, El idioma de los argentinos (1928). Después vendrán Discusión (1932) y veinte años más tarde, Otras inquisiciones (1952). Es interesante recordar que entre El idioma de los argentinos y Discusión, Borges publica en 1930 un libro titulado Evaristo Carriego, suerte de biografía de un personaje menor de la literatura argentina. Esa curiosa biografía es el mejor pretexto para recrear un suburbio: Palermo. Mediante la mirada del estudioso capaz de tomar distancia y con una ironía no exenta de ternura y nostalgia, Borges nos regala en ese libro el ejemplo de una crónica espléndida.

       Podemos extender la anterior enumeración indicando otros libros de Borges donde la prosa ensayística tiene un valor estimable, pese al carácter más o menos informativo de los mismos. Me refiero a algunos textos que Borges publicó como co-autor, aunque ciertos testimonios abriguen la sospecha de que realmente era Borges el autor único. Hablo de Antiguas Literaturas Germáncias (1951), que luego reeditará ampliado y con cambio de “co-autora”, bajo el título de Literaturas Germánicas Medievales (1966); del Martín Fierro (1953), una introducción a la lectura del libro emblemático de la poesía gauchesca, con estupendas referencias a sus antecedentes;  de Leopoldo Lugones (1965), un exordio a la obra literaria del modernista argentino donde retorna a su obsesivo tema del lenguaje. Interrumpo la enumeración para citar con deleite este párrafo del Lugones:

 Escéptico de tantas cosas, Lugones no lo fue jamás del lenguaje y, a juzgar por su práctica, creyó con valerosa simplicidad en cada una de las palabras que lo componen. Para el diccionario las voces azulado, azuloso, azulino y azulenco son estrictamente sinónimas; asimismo lo fueron para Lugones, que, sólo atento a la significación, no advirtió, no quiso advertir, que su connotación es distinta. Azulado y tal vez azuloso son palabras que pueden entrar en un párrafo sin destacarse demasiado; azulino y azulenco  pecan de énfasis”.  

¿Recuerdan a Carlos Argentino Daneri? ¿No convendrán  conmigo en que ese recuerdo valía la larga cita?

Finalmente, debemos mencionar Introducción a la Literatura Inglesa (1965);  y ¿Qué es el budismo? (1976). Siempre encontraremos algo curioso o sublime en cualquiera de esos libros “menores”. Así, en el penúltimo de los mencionados, al referirse a Finnegan`s Wake, de Joyce, Borges muestra una vez más su proverbial mordacidad:

Al cabo de unos años de labor, dos estudiantes norteamericanos han publicado un libro, desgraciadamente indispensable, que se titula Ganzúa para Finnegan`s Wake




Los cuentos futuros en los ensayos iniciales.

        No se trata de buscarle muchas vueltas al asunto. Simplemente leamos. En 1938 Borges publica el texto sobre su más famoso apócrifo, el escritor francés Pierre Menard. Algunos años después ese trabajo formará parte de su libro de relatos Ficciones (1944). Todos conocemos el pasmoso contenido de esa genial invención borgiana que derriba cualquier intento de validar los acercamientos científicos y exactos a la literatura. Uno de los libros que Borges proscribió de su bibliografía fue El idioma de los argentinos (todo hay que decirlo: el castigo no fue absoluto como el aplicado a sus libros anteriores). Bien. Allí nos encontramos con un ensayo titulado La fruición literaria en el que podemos leer un párrafo que hizo las delicias de Rodríguez Monegal, por la razón que más adelante refiero:

 “Temo no ser entendido en este lugar, y a riesgo de simplificar demasiado el asunto, buscaré un ejemplo. Séanos ilustración esta metáfora desglosada: El incendio, con feroces mandíbulas, devora el campo. Esta locución ¿es condenable o es lícita? Yo afirmo que eso depende solamente de quien la forjó, y no es paradoja. Supongamos que en un café de la calle Corrientes o de la Avenida un literato me la propone como suya. Yo pensaré: ahora es vulgarísima tarea la de hacer metáforas; substituir tragar por quemar, no es un canje muy provechoso; lo de las mandíbulas tal vez asombre a alguien, pero es una debilidad del poeta, un dejarse llevar por la locución fuego devorador, un automatismo; total, cero… Supongamos ahora que me la presentan como originaria de un poeta chino o siamés. Yo pensaré: todo se les vuelve dragón a los chinos y me representaré un incendio claro como una fiesta y serpeando, y me gustará. Supongamos que se vale de ella el testigo presencial de un incendio o, mejor aún, alguien a quien fueron amenaza las llamaradas. Yo pensaré: ese concepto de un fuego con mandíbulas es realmente de pesadilla, de horror y añade malignidad humana y odiosa a un hecho inconsciente. Es casi mitológica la frase y es vigorosísima. Supongamos que me revelan que el padre de esa figuración es Esquilo y que estuvo en lengua de Prometeo (y así es la verdad) y que el arrestado titán, amarrado a un precipicio de rocas por la Fuerza y por la Violencia, ministros duros, se la dijo al Océano, caballero anciano que vino a visitar su calamidad en coche con alas. Entonces la sentencia me parecerá bien y aun perfecta, dado el extravagante carácter de los interlocutores y la lejanía (ya poética) de su origen. Haré como el lector, que sin duda ha suspendido su juicio, hasta cerciorarse bien cuya era la frase”.

       Emir Rodríguez Monegal encontró en el texto transcrito el origen de un famoso cuento: “el ensayo deriva, más tarde, hacia otros temas, pero ya Borges ha demostrado su punto: todo juicio es relativo, la crítica es también una actividad tan imaginaria como la ficción o la poesía. Sencillamente: aquí está la semilla de esa genialidad titulada Pierre Menard, autor del Quijote (Borges: hacia una lectura poética, Guadarrama, Madrid, 1976).

Vayamos ahora a otro trabajo incluido en el libro de ensayos El idioma de los argentinos. Me refiero a Hombres pelearon.  Borges lo inicia con estas palabras:

Esta es la relación de cómo se enfrentaron coraje en menesteres de cuchillo el Norte y el Sur. Hablo de cuando el arrabal, rosado de tapias, era también relampagueando de acero; de cuando las provocativas milongas levantaban en la punta el nombre de un barrio; de cuando las patrias chicas eran fervor. Hablo del noventa y seis noventa y siete y el tiempo es caminata dura de desandar”. Más adelante: “…De las orillas, pues, y aun de las orillas del Sur fue El Chileno: peleador famoso de los Corrales, señor de la insolencia y del corte, guapo que detrás de una zafaduría para todos entraba en los bodegones y en los batuque; gloria de matarifes en fin. Le noticiaron que en Palermo había un hombre, uno que le decían El Mentao, y decidió buscarlo pelearlo. Malevos de la Doce de Fierro fueron con él

       Ese texto publicado en un libro de ensayos, como ya dijimos, es también la base precisa de un célebre relato: nada menos que de El hombre de la esquina rosada.

       Además del cuento futuro, el ensayo borgiano es capaz de depararnos el cuento puro (¿también el puro cuento?), el cuento que quedará allí como texto definitivo. Es el caso de otra esquina hallada en El idioma de los argentinos, y que será copiada por el Borges de Historia de la Eternidad (1936), donde nos topamos con esta imagen memorable: “Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado”. Borges nos ha transferido con ella la belleza de un giro verbal. También ha incorporado como sustento de una teoría personal de la eternidad, la poética evocación de un barrio porteño en un momento en que “se sentía en muerte”.

       Con este intercambio textual (cuento en el ensayo, ensayo en el cuento) Borges nos está diciendo que la obra literaria no sólo no es separable, sino que es única. Pero algo más podemos inferir de nuestra lectura: Borges incorporó temprano la imaginación a sus ensayos reflexivos. Abrió la ruta de la libertad ensayística. El propio título de su primer libro, quizá el más exiliado por su autor, Inquisiciones, revele el sentido de la poética borgiana sobre el ensayo: se trata de averiguar, de curiosear, de preguntarse por los más esquivos enigmas mediante éstas y otras inquisiciones.

       El procedimiento de esas inquisiciones (procedimiento usado también por Borges para muchos de sus cuentos de tema metafísico) ha sido resumido por Jaime Alasraki del siguiente modo:

a) Presentacion del problema; b) un resumen de las hipótesis más ilustres que intentan explicar el problema; c) solución propuesta por Borges; y d) rechazo de b) y c) y conclusión. En c) Borges propone que para “desatar el problema” (‘el defecto de lógica de la leyenda’) no son indispensables las sutilezas dogmáticas … basta recordar que todas las religiones del Indostán y en particular el budismo enseñan que el mundo es ilusorio…Tanto en el ensayo como en el cuento, Borges procura cruzar esos límites para explorar una realidad que ya no puede traducirse en correctos silogismos, porque lo que propone en el ensayo es erróneo y, sin embargo, verdadero, y los hechos de la historia de Enma Zunz son falsos, pero sustancialmente verdaderos


Otros textos borgianos.

        No podemos dejar que los convencionalismos sobre el discurso y los géneros nos dominen a la hora de abordar la obra de Borges. Así, podrían postergarse otros momentos suyos, en los que a veces se esconde el regalo mayor de algunos de sus libros. Estoy hablando de prólogos, epílogos, notas al pie de página, postdatas, citas, solapas, principios y finales.

      PROLOGOS. Borges los escribió con gusto, aunque en algunos privara el compromiso amistoso. Los escribió con gracia. Los escribió también con sabiduría y con  dominio del tiempo escritural: su increíble capacidad para no demorarse y para decir lo esencial sin agotarlo. Borges, incomparable y magistral prologuista, echó de menos una teoría sobre el prólogo, pero él mismo abonó el terreno para ella. La enunció en el Prólogo de sus prólogos. Dijo que cuando eran propicios los astros, el prólogo “es una especie lateral de la crítica”. Según la estética borgiana del prólogo, éste debe ser siempre “lacónico y conmovedor”. Por desgracia, abundan los que apenas son “formas subalternas del brindis”.

     De todos los prólogos de sus libros prefiero el de El Hacedor. Lo recuerdo porque a veces lo he tratado de memorizar como si se tratara de un poema y en otras ocasiones, como si fuera un breve relato. Es, seguro, las dos cosas. Asimismo, es una larga dedicatoria. Finalmente, es un homenaje a Leopoldo Lugones, después de tantos desencuentros. Por fin, Borges le ha llevado un libro y él “lo ha aceptado”. No debe haber nadie que después de leer ese prólogo no preserve las precisas imágenes de una biblioteca y de los rasgos inconfundibles de un lector de Virgilio. Alguna atmósfera de la calle Rodríguez Peña o la sombra de un suicida a principios del año 38, lo acompañarán toda la vida.

     EPILOGOS. También pertenece a El Hacedor el epílogo que me es más entrañable. Sus palabras finales conforman un deslumbrante poema que es también un breve cuento y, además, un noble autorretrato:

     “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” 

       El libro de arena hizo lo que -con sus palabras- podríamos llamar, “la vindicación del epílogo”. Escribió: “Prologar cuentos no leídos aún es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo”. ¿Cómo es entonces que Borges haya escrito tantos prólogos? Pero es que también el argentino era el maestro de la autorrefutación. En ese mismo epílogo llama “notas apresuradas” a sus cuentos, pero abriga la esperanza de que “(esas notas) no agoten este libro y que sus sueños sigan ramificándose en la hospitalidad imaginaria de quienes ahora lo cierran”. Un evidente retorno a su estética de la lectura o al Pierre Menard, que somos todos.

       Por último, no podemos soslayar el epílogo paródico de sus Obras Completas (Edime), conocidas también como el “monstruo verde”. Dicho epílogo es un ejercicio de humor que ya desearían para sí algunos profesionales del género que nunca han pasado de bufones, más patéticos aún si lo son de un comandante. En él, Borges se rió de todos, pero también de sí mismo, con la gracia inasible de los genios amables.  

Freddy Castillo Castellanos

Tuesday, January 25, 2011

Bolañesa

Roberto Bolaños

Yo soy Benno von Archimboldi. No he terminado aún de leer el intento de mayor aproximación a mi vida y a mi obra, pero ya puedo ir adivinándome. Y, más aún, atreverme a decir algunas cuantas cosas sobre mi vida. Para empezar, debo dejar claro que mi padre no es Roberto Bolaño, sino Miguel de Cervantes, heterónimo de un argentino de cuya ceguera no quiero acordarme. Mi madre, que no era tuerta como pretende un apócrifo ya célebre y mil veces mentada por mis críticos, siempre en busca infructuosa de su autor, pudo haber sido Roberto Bolaño, pero sé que las pistas actuales apuntan hacia otros vientres, naturalmente más dotados. Sospecho algo de Bettina Brentano, un poco menos de Guadalupe Amor, nada de Esdras Parra y muchísimo de María Luisa Bombal. Pero esa no es duda que me quite el sueño.

Wednesday, March 24, 2010

Una cocina para la tradición errante

Cig-Uney. Salsipuedes


“El que no aprende Política en la COCINA no la sabe en el GABINETE”(Simón Rodríguez. Sociedades Americanas. Luces y Virtudes Sociales)

I
Profundiizar e incrementar el estudio académico de la alimentación en Venezuela es una necesidad que hoy en día nadie pone en duda. Sabemos que la agenda de los cambios en el país exige el tratamiento integral del tema alimentario, pero tampoco ignoramos que aún no hemos cultivado una amplia comprensión del mismo. Por el contrario, vergonzosa y largamente hemos dejado por fuera aspectos vitales de nuestro objeto de estudio. Uno de ellos es el que se refiere a la gastronomía en tanto patrimonio cultural y memoria viva de pueblos y regiones. Así, son escasos y aislados los aportes que sobre el tema han realizado las universidades venezolanas. Sin duda, esa situación de precariedad intelectual debe ser superada antes de que sea tarde, máxime cuando se observa hoy un notable auge de la gastronomía, pero con imperdonable prescindencia de sus contenidos históricos y culturales y con excesiva sujeción a los patrones que el mercado dicta.

La Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY) tiene a su cargo, por mandato del decreto mediante el cual fue creada, formar profesionales en Ciencia y Cultura de la Alimentación. Por la experiencia que en esa área hemos venido acumulando desde hace once años, podemos afirmar que no contamos todavía con suficientes profesionales dedicados al estudio de las tradiciones gastronómicas y que posean, además, una visión culta e integral del tema. Algo hemos avanzado, pero no bastan un pregrado ni los trabajos que se realizan con fervor y paciencia en el Centro de Investigaciones Gastronómicas. Se hace necesario acometer un vigoroso programa nacional de formación que intensifique, enriquezca y extienda las líneas de trabajo académico requeridas por la investigación de nuestro patrimonio gastronómico. Una historia de la sensibilidad, del apetito y del gusto es una asignatura pendiente entre nosotros.

El conocimiento de las tradiciones es imprescindible para el conocimiento cabal del país. Proclives a la desmemoria, los venezolanos del presente exhibimos una alarmante ignorancia sobre el patrimonio cultural de la patria. Elaboramos programas y planes de desarrollo desconociendo tradiciones y valores, con las graves consecuencias que esa inexcusable omisión comporta. De ese modo, nos hemos llevado por delante ríos, quebradas, bosques, cementerios, jardines, suelos, paisajes, poemas, pueblos enteros y vituallas.

Reconocer, estudiar y enriquecer las tradiciones es una necesidad de todos, no un afán de erudición. No es posible seguir soslayando dentro del ámbito universitario el rol estelar que tiene la comida en la conformación de las culturas o continuar fomentando, por ejemplo, un turismo desprovisto casi por completo de conexión auténtica con las culturas y cocinas regionales del país.
Por otra parte, puede sostenerse con certeza que la gastronomía es una pieza clave dentro de la ciencia alimentaria. Participa de sus búsquedas, avances y desarrollo y facilita su concreción en realidades. No en balde tuvo su origen en el más antiguo y efectivo laboratorio de la humanidad: la cocina. Sus saberes pueden contribuir (y mucho más de lo que algunos piensan) a la solución de los problemas que Venezuela padece en materia de alimentación. Y tal vez, también a la de otros. Como dicen los mexicanos: no hablo al tanteo. Sé, por viejo, por diablo y por refranero, que
comer bien contenta el corazón.

La historia del régimen alimentario, la identificación de productos, el registro de técnicas y procedimientos, la geografía gastronómica, la impronta del petróleo, el análisis de las expresiones culturales de la gastronomía y la comprensión antropológica y social de sus prácticas, son algunos de los objetivos que acometerá este espacio académico orientado a la formación del talento humano en el ámbito de la alimentación como persistente patrimonio de la cultura.

El programa que la UNEY ha diseñado se plantea la puesta en marcha de un proceso formativo integral y flexible, mediante el diálogo de diferentes disciplinas, con el fin de contribuir al conocimiento del diverso paisaje gastronómico de Venezuela, erosionado durante muchos años por nefastas prácticas de colonización cultural que nuestra inepcia académica reprodujo con la imperial tozudez que envanece a la ignorancia.



II

Sin duda la frase “cocinar ideas” es una vieja metáfora que usamos para referirnos al acto de pensar. También es una verdad literal, aunque algunos se resistan a aceptarlo y se empecinen en preservarla sólo como tropo. En efecto, los cocineros hacen su trabajo con ideas propias o ajenas y combinan con frecuencia la tradición con el invento. Algunos elaboran platos a partir de un recetario o “idean” su propio libro de recetas. Para construirlo, deben primero cocinar sus ideas, comprobarlas y someterlas al juicio de buenos paladares. El ensayo y el error también resultan indispensables en el antiguo arte de los fogones, exaltado por Sor Juana de Inés de la Cruz como una actividad que facilita el trabajo de los filósofos. Por esa razón la más brillante intelectual mexicana de su tiempo se lamentó de que Aristóteles no hubiera guisado. Estimaba ella que de haberlo hecho “mucho más hubiera escrito”.

El uso de la milenaria metáfora gastronómica para aludir diversos actos del ser humano, como pensar, escribir y amar, probablemente ha contribuido a ocluir la complejidad de la cocina, en la que están presentes la destreza, la imaginación y el pensamiento, aparte de los procesos y técnicas que conforman con aquellos un sistema particular de saberes y sabores. En la cocina se aplica un conocimiento, pero también se investiga y se piensa, para ampliar y mejorar ese mismo conocimiento o para generar otro. La cocina, entonces, es un laboratorio, probablemente el más antiguo de todos, como solemos decir en la UNEY.

Cocinar ideas permite la conversión de una ocurrencia o de una fantasía en un planteamiento útil y certero, amablemente comestible. Así, en la cocina surgen platos armoniosos con el buen empleo de ingredientes en apariencia incompatibles. Saber que no lo son es el secreto del cocinero ducho o perspicaz que somete a prueba sus hipótesis para obtener después la forma de la creación correcta. Poco a poco va haciendo el desarrollo gastronómico de los productos que llegan a su cocina, aprovechando para muchos platos nuevos lo que parecía agotado en dos o tres recetas. Demuestra el cocinero que sus búsquedas son interminables, sin necesidad de hacer experimentaciones tipo Adriá (lo que también se vale, por supuesto). Manteniéndose dentro de su ámbito, el cocinero puede ser un creador infinito.

El arte de componer en cocina es el arte de combinar sabores para lograr el sabor. Es el arte de la sapiencia en sí misma. Se trata de una especie de alquimia cotidiana que produce, no una, sino muchas piedras filosofales. Es también una dialéctica perfecta que de la mezcla de los contrarios genera la síntesis hegeliana, así como la adecuada conversión de la cantidad en calidad, una vieja ley formulada por Federico Engels que sólo ha sido plenamente verificada en la cocina. Ni muy simple ni muy salado. Ni muy agrio ni muy dulce. Es el equilibrio arduo que sólo un buen cocinero consigue, por ejemplo, con la precisión inefable de las cantidades de azúcar o de sal.

Hemos hablado de “componer en cocina” por la sencilla razón de que el cocinero es un compositor de platos que persigue la armonía. Su trabajo admite variaciones sobre un mismo tema, pero no disonancias. Esas se las deja a los futuristas italianos quienes, por cierto, tuvieron la virtud de adelantársele a cierto movimiento culinario que procura más el espectáculo que la buena mesa. El cocinero auténtico es un gran compositor. Descompone, desde luego, pero lo hace porque sabe primero componer. Lo dice sabiamente aquella vieja canción infantil de “los pollos de mi cazuela”, que por algo son sólo para la viudita "que los sabe componer”.


III

La lectura metafórica de la frase de Simón Rodríguez que hemos usado como epígrafe de estos fragmentos es útil, pero no es suficiente. Lo interesante, en verdad, sería leerla también de un modo más apegado al sentido de las palabras que la integran. No tengamos miedo, en este caso, de ser literales. Seámoslo y demos pie para otras bellas y fecundas metáforas: la cocina de Simón Rodríguez es la cocina simplemente. Nada raro tiene que haya sido el gran maestro del Libertador quien apuntara entre nosotros una vieja verdad, invisible todavía para muchos, por máscara o por transparencia: la cocina no es sólo el espacio para transformar alimentos en comida. Es el primerísimo lugar de la civilización, necesario para enseñarnos a vivir en sociedad, y en consecuencia, para construir Polis, para hacer política. Puestos a confrontarse con tal aserto, nunca faltan los ignaros de toga y birrete que siguen desconociendo esta apabullante verdad de la cultura. Una de los avances más difíciles hacia la civilización fue el gran paso alimentario de lo crudo a lo cocido. Costó Dios y su santa ayuda que el hombre comenzara a cocinar y cuando lo hizo se convirtió realmente en hombre. Antes de ese lento y no tan temprano acontecimiento, el hombre no hablaba. Porque descubrió la cocina, el hombre pronunció sus primeras palabras. Haber domesticado el fuego no sólo le sirvió para calentarse o para defenderse, sino para alimentarse mejor. Fue un verdadero adelanto, que tuvo nada menos y nada más que el referido agregado: permitió que el hombre hablara. Dos cosas que hacen su diferencia radical con otros animales (hablar y cocinar) se verificaron con la doma del fuego. “Cocinar hizo al hombre” es, amén de un aserto incontestable, el excelente título que dio Faustino Cordón a un libro fundacional. A partir de la cocina el hombre transformó la sociedad. Creó comunidades alrededor de los fogones y comenzó a tejer lazos que trascendieron el hecho placentero de compartir la comida. En dos palabras: hizo política.

(Hervir, freír, sofreír, aderezar, bridar, marinar, escalfar, adobar, reducir, asar, hornear, sancochar, evaporar, clarificar, macerar, moler, licuar, procesar, mezclar, rellenar, combinar, saltear, blanquear, amasar, caramelizar, emulsionar, espesar, moldear, sellar, batir, espumar, cernir, colar, rallar, triturar, mechar, esmechar, desmenuzar, ahumar, dorar, tostar, derretir, escabechar, estofar, majar, rebanar, picar, machacar, salar, desalar, pelar, prensar, empanizar, montar, espolvorear, enharinar, enmantequillar, remozar, untar, raspar y tempurizar (vulgo rebozar). Todo eso y mucho más se ha hecho en la cocina. Cocinar fue, sin duda, una revolución técnica. También fue una revolución científica. Para confirmarlo, tiene la palabra la camarada Química)



IV
La cocina también es en la UNEY un espacio básico para la investigación al servicio de la industria alimentaria. Así, hemos entendido que la cocina es muchísimo más de lo que hasta ahora la cultura dominante nos ha hecho creer. Relegada a mero lugar para el servicio de mesa privado o público, la cocina ha permanecido durante siglos al margen de los centros del saber, como si éste no necesitara de ella y de sus sabores, que, en rigor, constituyen verdaderos saberes milenarios. Las universidades se han privado (y nos han privado) de la fecundante presencia de la cocina en la tarea de buscar y elaborar el conocimiento. Esa amputación ha permitido la producción de un tipo de profesional de la salud, de la nutrición, de la tecnología o de la ingeniería de alimentos, carente de una brújula idónea para resolver los problemas relativos a la alimentación, con que tiene que habérselas en nuestra sociedad. La cocina facilita la integración armoniosa de las diversas aristas de la ciencia de los alimentos, por una razón, quizá, elemental, pero no por ello menos válida: todo lo que el agricultor, el pescador, el cazador, el tecnólogo, el industrial o cualquier otro profesional afín, realizan acerca de la alimentación de seres humanos, termina en nuestra mesa.

La UNEY creó su carrera de Ciencia y Cultura de la Alimentación formulando esta hipótesis: la cocina es el eje de la ciencia de los alimentos. Así, nuestro pregrado se diseñó para articular en torno a la cocina contenidos que antes se mantenían académicamente desconectados, cuando no proscritos de los curricula: nutrición, química de los alimentos, procesos industriales, inocuidad, servicios y cultura alimentaria, entre otros. Cada día percibimos más la pertinencia y certeza de esa hipótesis. Nuestros egresados, los primeros licenciados en Ciencia y Cultura de la Alimentación de Venezuela, están preparados para demostrar la idoneidad del conocimiento integral de la alimentación y de la copiosa gama de saberes útiles que esa integralidad nos proporciona. Y algo más: que sin la cocina esos saberes no se habrían obtenido de esa forma.
Nos encontramos frecuentemente con políticas de alimentación diseñadas para la producción y distribución de alimentos, sin reflexión, sin análisis o sin estudio alguno sobre qué tipo de alimentos se va a producir o distribuir. A esas políticas bien intencionadas y a muchos programas generosos de suministro de alimentos, casi siempre les hace falta algo: cocina, no en el sentido utilitario del vocablo, sino en la noción cultural y científica que ha propuesto la UNEY. En pocas palabras: les hace falta cultura culinaria.

Estamos conscientes de que la mejor política de alimentos que puede adelantar y aplicar un país para contribuir efectivamente a la salud y bienestar de su población, es una educación integral alimentaria. Esto supone, aparte de todo lo convencionalmente aceptado como tema académico, cocina, mucha cocina. No podemos seguir “obviando lo obvio” y llevar la cocina a las escuelas sólo para que unas señoras de la comunidad le hagan la comida a los alumnos (eso está bien, pero no es suficiente). Es imprescindible llevar la cocina a las escuelas como aula de clases para que los niños y jóvenes estudien y aprendan un oficio, un saber, un arte, una maravilla cotidiana, un conocimiento interminable.

Poco haríamos por la educación integral alimentaria de un pueblo si no logramos que éste identifique real y genuinamente como patrimonio cultural y como acervo de sus tradiciones, todo lo que conforma la memoria viva de su gastronomía, de sus prácticas culinarias, de sus gustos y de su imaginario en materia de alimentos. Nuestro país sufrió durante años una profunda erosión de su patrimonio cultural. A esa depredación a la que nos condenó el sistema capitalista, no escaparon nuestros saberes gastronómicos. Por el contrario, ellos fueron, posiblemente, las primeras víctimas del poder imperial. La copiosa diversidad cultural, dentro de la cual la riqueza culinaria es una de sus más elocuentes manifestaciones, se vio diezmada progresivamente por una maquinaria industrial que nos fue quitando lo que Mario Briceño Iragorry llamó la “alegría de la tierra”.


V

Ella se acerca al patio y respira otro aire. Nuevamente comprueba que gracias a ese amable espacio de la casa, cultivado por ella misma con esmero, ha podido sobrevivir a la languidez indetenible de su pueblo. Contempla “la silueta altanera del tamarindo” difuminada por las lágrimas que han retornado a sus ojos. Ella se llama Carmen Rosa y es la entrañable heroína de la novela “Casas muertas”, de Miguel Otero Silva. Acaba de retornar del cementerio y en su “pequeño cosmos vegetal” busca refugio para su alma desolada y silencio amoroso para hacer el duelo. Ese patio es la representación de una vieja alegría perdida: la “alegría de la tierra”, que diría otro notable escritor venezolano. Pienso hoy en ese patio porque voy a decir algo acerca de la llamada soberanía alimentaria. Y es que no concibo soberanía alguna sin cultura de la tierra, el sagrado lugar de las vituallas. Trazar la meta de la soberanía alimentaria comporta algo más que capacidad de producción y de justa gestión distributiva. Comporta un desafío que a muchos les parece anacrónico: la recuperación de la cultura campesina, destruida por esa implacable máquina de producir hambre que se llama, salvo mejor nombre, capitalismo. No se trata de proclamar nostalgias bucólicas que, por lo demás, nadie se las tomaría en serio, sobre todo viniendo de quien escribe: un incurable citadino. Me refiero a la recuperación de los saberes obtenidos mediante la conexión afectiva con la tierra y la convivencia con el agua y las semillas. No es un propósito ilusorio, por más que algunos especialistas en economía alimentaria se empecinen en recusarlo, con más afán de sorna que buenos argumentos. Recobrar nuestro paisaje agrícola puede ser la solución a muchos de los problemas que hoy confrontamos y a los cuales no se les vislumbra una salida feliz dentro de la ruta fatídica del libre comercio y las tecnoutopías. Desde hace algunos años el movimiento “Vía Campesina” en Francia ha venido desarrollando bajo esa orientación el concepto de soberanía alimentaria. Así, plantean la necesidad de una producción agrícola local destinada a alimentar a la población, así como el derecho de los pequeños productores a ser los protagonistas de ese proceso. Entienden por soberanía la libertad de decidir la cultura alimentaria de los pueblos, sustrayéndola del aberrante mecanismo del capital transnacional que obliga a muchos países al monocultivo para la exportación, mientras la mayoría de sus habitantes se muere de hambre. Amartya Sen demostró desde hace años que el problema alimentario no es un problema de producción, sino de acceso equitativo. Estudió las hambrunas de Bangla Desh y comprobó que mientras los alimentos estaban disponibles a la espera de su exportación, la hambruna se extendía entre los pobres. Mejor dicho, éstos eran asesinados por ese flagelo que todavía hace estragos en el mundo y que conocemos con el ya desacreditado nombre de “neoliberalismo”.

Matías Bruera en Argentina nos recordó en sus libros luminosos que el mundo gourmet no es sólo la expresión de una moda sifrina o sofisticada. Es también la puesta en escena de una ideología que tiene como objetivo preciso escamotear la realidad y hacer invisible el país de los cartoneros y de la miseria. El granero del mundo es ahora un granero transgénico y su capital es la capital latinoamericana de la “sociedad gourmet del mutuo bombo”. Los “piqueteros” que le provocaron hace unos meses tanto repeluz a Vargas Llosa no surgieron por generación espontánea, sino por los efectos trágicos de una política criminal que sometió a la Argentina, picana eléctrica en mano, corralito en mano, privatización en mano, macroeconomía en mano, amnistía en mano, a un genocidio del que no le será fácil reponerse.


En Venezuela estamos recuperando una visión integral del tema, pero cuesta. Sabemos que cuesta, sobre todo por la inmensa hojarasca académica que lo cubre. Hemos escuchado mucho a los economistas, a los ingenieros agrónomos, a los estadísticos y sus sucedáneos, a la FAO, a la POLAR, etc., pero a cada uno por su lado, con apreciaciones incompletas y casi siempre erróneas. Poco hemos avanzado y así seguiremos si no nos atrevemos a asumir el gran desafío de integrar plenamente el tema de la alimentación a la cultura.


VI

Tan errante como el poeta es el gastrónomo. Por eso el español Víctor de la Serna, siguiendo a Cournonsky se llamó a sí mismo gastronómada, y entre nosotros, José Rafael Lovera gastronauta. El gastrónomo viaja para probarlo todo y es capaz de las ingestas más extrañas, por la pasión con que se entrega a su oficio. Poseedores de paladares que saben diferenciar, asociar y reconocer sabores, estos viajeros del gusto son tan nómadas como la cocina. O más que ella, desde luego. Bien sabemos que no toda la cocina viaja, y si lo hace, corre el riesgo de perder parte de su autenticidad primaria, de su frescura y de su encanto. No significa esto que no se deba hacer el intento de la trashumancia, pero estando siempre conscientes del indicado albur y tomando todas las precauciones necesarias. El buen cocinero también es ducho en aproximaciones más o menos fieles y nunca pretende la reproducción mecánica del original o la elaboración de distantes e impresentables remedos. Esta facultad no es otra cosa que la base indispensable para la interculturalidad culinaria. La misma requiere de una efectiva capacidad para el diálogo y para la aceptación de lo otro sin la negación de lo nuestro. Nuestro gusto se acostumbra a unos sabores y puede vivir toda la vida limitado a ellos, pero no debemos olvidar que también es apto para lo diverso y para cualquier aventura más allá de sus fronteras habituales. Cultivar esa virtud es una parte fundamental de toda educación gastronómica que se pretenda abierta hacia todos los puntos cardinales. Sin desconocer el peso de la cultura y de la religión, de las costumbres y la historia, de la geografía y los prejuicios, la cocina puede seguir creando sus propios espacios de encuentro, sin incurrir en la amalgama arbitraria o en la fusión que sólo termina en confusión. Los venezolanos todavía no hemos hecho el viaje gastronómico interior o la exploración firme de nuestra pluriculturalidad culinaria. Seguimos llamando “cocina tradicional venezolana” a la de una pequeña parte del país, abstracción hecha de su hegemonía político-territorial. Es más, esa “cocina tradicional” podría ser más restringida aún: la de una sola ciudad o la de los grupos sociales que la han canonizado mediante idóneos y exitosos mecanismos de legitimación (recetarios “emblemáticos” o publicaciones de diverso tipo, entre otros). Lo recomendable para una comprensión cabal de las diversas cocinas del país, es viajar por ellas y desprenderse de rótulos y dogmas que paralizan el conocimiento gastronómico. Es conveniente dejarse llevar por los aromas de tierra adentro y por la curiosidad de penetrar en una memoria arcaica que convive, invisibilizada todavía, con nuestro vertiginoso discurrir.


VII
Escribe Bolívar Echeverría en su formidable libro Vuelta de Siglo que el barroco ha sido para los mexicanos, más que una forma artística, una estrategia de supervivencia cultural. Leyendo la afirmación de Echeverría lo primero que se me vino a la mente fue la portentosa cocina de México, esa fiesta inenarrable de olores, sabores, colores y texturas que, además de exhibir sabiduría alimentaria, revela una singular visión del mundo. El más profundo y extenso resultado de la estrategia barroca mexicana lo representa su admirable cocina, como corresponde a un pueblo que se sabe ancestralmente hecho de maíz. La reivindicación de los sentidos y el disfrute de la mesa son modos importantes de un proceso histórico que alcanza niveles elevados con los múltiples usos del gran alimento americano (tortillas, tamales, tostadas, gorditas, chalupas, son algunas de las muchas formas ilustres de esa familia interminable) y que llega a cumbres insospechadas cuando le da por combinar chiles con chocolate, o manzanas y peras con poderosas salsas rojas y picantes.

No faltará quien persista en considerar al barroco como sinónimo de manierismo, pero como debe saberse, no todo manierismo es barroco y viceversa. En la actualidad los cocineros manieristas son más bien quienes hacen minimalismo gastronómico o cumplen con la ya fastidiosa rutina de la presentación ornamental globalizada en los manteles de cierta cocina pública. El gusto por el gusto mismo, la afición por los contrastes, la abundancia, el deseo de ofrendar a los viejos dioses, la comunión y el regalo, son manifestaciones del barroco, a contracorriente de una cultura capitalista que busca de manera tediosa el ahorro y la simpleza (o la simplura), la asepsia y la pastilla. El maestro del barroco, el cubano Severo Sarduy, nos recordó que “ser barroco hoy significa amenazar, juzgar y parodiar la economía burguesa, basada en la administración tacaña de los bienes: el espacio de los signos, el lenguaje, soporte simbólico de la sociedad, garantía de su funcionamiento, de su comunicación”. Estudiar cómo un pueblo hizo del barroco una propuesta de vida cotidiana para sobrevivir y no sepultar su identidad en un parque temático, es una fascinante propuesta de investigación. Creo que la cocina mexicana nos ofrece una fuente incomparable para emprender ese trabajo, pero también podemos rastrearla en el Caribe y en los pueblos del sur del continente donde los repertorios culturales son profusos y perennes. Es más, podemos procurar que en aquellos lugares donde la estrategia barroca parece perdida para siempre, reaparezca o vaya brotando en los espacios que nunca la albergaron. Todo eso es posible, porque el barroco es algo más que una tendencia del arte. Es una opulenta forma de vida.

Los pueblos de América Latina y el Caribe han demostrado que la cultura no es sólo un patrimonio inmaterial a preservar y enriquecer, sino también un poderoso escudo frente a los intentos de colonización. Son muchos los años de depredación que llevamos a cuestas, pero aún nuestros chiles se mantienen intactos y nuestro maíz sigue siendo el “jefe altanero de la espigada tribu”, como lo llamó Andrés Bello en el poema que inauguró el tema de la soberanía alimentaria en esta indomable zona tórrida.

El barroco culinario de México y el ancestral prodigio de las múltiples papas peruanas, son, sin duda, una forma cultural de resistencia. Y nada ha podido sojuzgar a esa cultura, pese a los continuos e inclementes intentos de abatirla, por la sencilla razón de que nuestra memoria gastronómica nos proporciona un alimento que además de cuerpo, es alma infinita.

En los montes de América hay mucha yerba comestible, aún desconocida. Ella está ahí, lista y preparada para el momento crucial de los auxilios.

Sunday, January 17, 2010

Para las regiones del verbo

Ya no es azul
LA 17

Este es el estrecho desfiladero de la escolástica.
Unos metros más allá sale Reyes Yánez con sus libros.

Ya hemos pasado la casa del hierro que Ananías cuida por las noches.

Este es el viejo bufón de la corte de San Juan
que dice estar loco como siempre.

Por esta ventana puedes asomarte a la Edad Media.
No te asustes. Es Fata Morgana
que despierta.

Este es el camino de regreso,
la orilla donde está la señora de las aves.
Con ella comenzaba el antiguo ritual de los almuerzos.

Esta es la clínica de los odontólogos
que se precipita en diagonal hacia Sicilia
(“Se hacen y se componen”, según el inquilino).

Esta es la esquina de don Jacinto.
A las dos en punto,
al borde misterioso de la acera está Gonzalo.
Espera a los amigos.

Este es el sitio exacto para mirar el cielo
cuando mi tío llegaba del mercado.

Y ésta, por fin,
es mi casa,
collado azul
frente al zaguán.

Los cuatro estamos dichosos.
Si te fijas bien,
los ojos nos delatan.

Barquisimeto, julio 1982.

Wednesday, December 16, 2009

Un argumento letal

Andrés Eloy Blanco

"Y debo terminar con la última observación, al distinguido compañero Osorio Calatrava, cuando dijo que el latifundio es un mal parcial, y no puede ser objeto de una legislación general:
El latifundio es una lacra social en todos los países, como lo es el homicidio. De manera que, si tuviéramos ese criterio (el de Osorio Calatrava), yo podría venir aquí a proponer cualquier día que elimináramos de la legislación penal el capítulo del homicidio, porque el homicidio en Venezuela es un mal parcial y no puede ser objeto de una legislación general”.
(Andrés Eloy Blanco, Cámara de Diputados, sesión del día 11 de mayo de 1939).

Sunday, September 13, 2009

Saturday, May 16, 2009

Misteriosa Buenos Aires

Thames y Corrientes (antes Thames y Triunvirato)

Buenos Aires no se repite. Siempre se descubre en ella algo nuevo, tanto en las calles que no habíamos recorrido antes, como en los sitios habituales. Esta vez descubrí un árbol de ramas inconsolables, una esquina que es todas las esquinas, un aviso en un idioma que desconozco, un edificio escondido, una luz vespertina, una palabra remota, una escultura de Rodin, una plaza que parece bordada sobre la tierra, una revista, una magnolia, una sonrisa en Villa Crespo, un perro bostero en La Boca, una mujer que se cambiaba de ropa en la confitería, un poema de Miguel Angel Bustos, un río subterráneo, una merluza negra en el Dora, un escritor novísimo llamado Borges (el otro, el mismo) que sigue inventando la ciudad e inventándose, una escena de tango en San Telmo, una librería donde todos los libros son maravillosos, una tertulia en Belgrano, una nostalgia metafísica, un parecido con no sé qué, un loco nuevo en el Bajo, una casa espectral en Palermo, un desfile mítico en Callao, una musica callada, un sereno amanecer en La Recoleta...
Buenos Aires es el aleph.

Sunday, April 05, 2009

Adiós a Alfredo Marcano

Alfredo Marcano

Mariano Alvarez me despertó esa mañana, tal como lo habíamos convenido. Digo Mariano y no Marianito porque el cómplice de mi madrugón de ese día de julio del 71 fue realmente el padre del gran actor homónimo. No recuerdo, por cierto, si éste se levantó igual que nosotros a ver la pelea. Seguramente no. Otras agonísticas ocupaban sus sueños. Lo cierto es que ahora me veo, frente al televisor, sufriendo con el viejo Mariano, en la quinta San Eugenio de la calle Motatán, en Colinas de Bello Monte. Nuestro campeón estaba perdiendo ostensiblemente la pelea. Y casi llorábamos. Sabíamos que para ganar en Tokio había que hacerlo por nocaut y tal como iban las cosas esa posibilidad era imposible. Pero de repente se desató una furia invulnerable y no hubo fuerza humana ni divina que la detuviera. Bruscamente se voltearon los papeles y la contundencia letal del venezolano hizo estragos en el japonés Kobayashi. Golpe a golpe. Verso a verso. El cumanés ese día era un orfebre.

La increíble recuperación de Alfredo Marcano hizo que no sólo Cumaná estallara en gritos. Todo el país festejó al unísono. Creo que nada más emocionante ha ocurrido en la historia del boxeo venezolano. Mariano y yo la vimos, sin saber aún que contemplábamos una maravilla histórica, que asistíamos a una apoteosis nacional del ring. También nosotros saltamos de nuestras sillas y nos abrazamos cuando se produjo el glorioso desenlace: Alfredo ave fénix, Alfredo Marcano resurrecto, devolviéndonos el orgullo de ser fanáticos de un deporte que poco después comenzaría a tener muy mala prensa. Ese año no, por supuesto. Como recordarán algunos, 1971 fue el “annus mirabilis” del boxeo criollo. Fue la época en que anduvimos por el mundo exhibiendo los cinturones de cuatro campeones mundiales.

No existe euforia deportiva que recuerde con mayor nitidez. Sé que muchos venezolanos vivieron igual que Mariano Alvarez Perera y yo esa límpida madrugada. Pero también, sé que hoy en día, casi nadie la conoce. Y lo que es peor: que quienes supieron de ella, ya no la recuerdan con la sensual vivacidad que merece ese inmenso momento de la patria. Así pasa en estas tristes comarcas de la desmemoria. Y pasa también con un deporte que pocos seguimos amando con fervor.

Hoy nos llega la mala nueva de que Alfredo Marcano ha muerto en Cumaná, su tierra de abolengo inigualable. Desde la UNEY, que orgullosa lo albergó unas horas, se nos ocurre citar los demoledores versos de un tango:

 
Hay veces que la vida te desploma/ con un gancho de izquierda justo al alma…”

Friday, January 02, 2009

Primer día del año con Borges

Quintana, entre Rodríguez Peña y Montevideo

Quintana 263. Allí Borges y Bioy inventaron a Bustos Domecq




Pueyrredón y Las Heras. En el quinto piso de ese edificio vivió Borges

02-01-09: Segundo día del año. Martín duerme todavía. Son las ocho y diez minutos en esta ciudad de Borges que hoy sigue fresca. La temperatura bajó el 31 y ayer siguió bajando un poco. Parecía primavera.

Caminé ayer por las calles solitarias de Barrio Norte. Salí de la casa y me fui por Libertad, pasé Arenales y llegué hasta las Cinco Esquinas. Mi idea era caminar por Quintana (calle que en ese sitio comparte sus esquinas, una con Libertad y otra con Juncal). Y eso hice. Encontré la cuadra donde Borges vivió en dos ocasiones. En la primera ocupó el número 222 durante más de un lustro y en la segunda la casa del número 263. En ésta estuvo dos años.

Cuando uno comienza a caminar Quintana desde las Cinco Esquinas puede leer en una placa un poema de Borges titulado Barrio Norte. Allí comienza el homenaje. Hacerlo ayer, con la calle casi vacía, fue para mí un verdadero deleite borgiano. Podía demorarme ante las puertas, tomar fotos en las esquinas o desde el centro mismo de la calle y seguir o devolverme para apreciar mejor algún detalle. Las casas que fueron de Borges ya no son las casas que allí están hoy, exactamente. Las placas indican que en ese lugar estuvo alguna vez el hogar de Jorge Luis Borges…

El aire que se respiraba ayer en esa cuadra de Quintana era el aire de sus poemas dedicados a esa zona de la ciudad, a esa cuadra en particular, en la que su padre, que había estado ciego, pudo ver una noche “las antiguas estrellas”. En la casa del 263 la placa indica que allí Bioy Casares y Borges le dieron nacimiento a Bustos Domecq. Con ese dato podemos saber, entonces, que en ese lugar vivió Borges a comienzos de los cuarenta, a partir de 1942, para ser más precisos. La casa del 222 fue ocupada por los Borges a su regreso del segundo viaje a Europa, es decir, en 1924. Allí estuvieron hasta que se mudaron a una vivienda cercana a La Recoleta. Durante su estancia en esa casa el joven Borges fue irigoyenista, con Marechal y los González Muñón y fue también fundador de la revista “Proa”, junto con Rojas Paz, Caraffa y Ricardo Güiraldes, a quien recuerda Borges en un poema, “en Quintana…mágico y muerto”.

Ayer también fui hasta la casa de Pueyrredón y Las Heras, donde Borges vivió durante diez años. Es la casa cercana a La Recoleta, que ya mencioné. La que vi ayer sí es exactamente la misma casa que Borges ocupó. Es un edificio que tiene su entrada sobre Pueyrredón 2190 y hace esquina con Las Heras. Es de esos edificios franceses o afrancesados de Buenos Aires que recuerdan el esplendor de una ciudad que a ratos da la impresión de que fue alguna vez la capital de un imperio. Allí escribió Borges esa obra maestra que es Pierre Menard, autor del Quijote. Allí escribió Historia universal de la infamia. Allí perdió a su padre. Allí comenzó su colaboración con “Sur”. Allí se hizo visitante devoto de La Recoleta. Viviendo allí sufrió el accidente de 1938, de consecuencias casi letales. Allí, desde el balcón que daba a Las Heras, vio el río con sus barquitos pintados y su corriente zaina. Allí –me digo- estuvo Borges y yo lo busco hoy en este homenaje secreto.

Wednesday, December 31, 2008

¡Feliz 2009!

La librería de Romano muestra su enseña (y nos da su enseñanza)


Escribo en la mañana del último día del 2008. Estoy con mi hijo Martín en su apartamento de Buenos Aires. El escribe y oye música. Le pregunto qué escucha y me responde que a un grupo venezolano llamado Retrovértigo. Miro hacia la ventana y veo el cielo despejado del verano porteño. Pienso en el nombre del grupo y me siento feliz de no sufrir de vértigo, ni siquiera de retrovértigo, aunque el año que concluye haya sido tan rápido y violento. Pienso de nuevo que me gustan más los años impares y por eso, supersticioso, abrigo cosas muy buenas para el 2009, que espero sea más calmado y más amable, de más lecturas y relecturas.
Ayer me compré un viejo librito de Bergamín en la librería de Romano. El libro terminó obsequiándomelo, como otros que compré, mi generoso amigo Matías Bruera, quien me llevó a ese santuario de Sarmiento que es la grata librería de Romano. El libro de don Pepe Bergamín se titula La corteza de la letra, (una cita de Fray Luis de León). Bergamín comienza hablando, precisamente, de lecturas y de relecturas, de olvidos y de recuerdos. Releer es recordar lo leído, saborearlo, dice Bergamín. Releamos lo bueno del 2008 y no olvidemos lo malo, pero sólo para compensar y despertarnos felices aprendiendo de todo cuanto nos haya pasado.
Les deseo a todos un feliz 2009, lleno de relecturas y de afectos.

Friday, December 19, 2008

Gómez: cien años


19-12-08: Hoy se están cumpliendo cien años del golpe de estado contra Cipriano Castro. La usurpación perpetrada por su compadre Juan Vicente Gómez tuvo el apoyo de casi todos los grupos de opinión de entonces, con los cuales el “Rehabilitador” mantendría una luna de miel de casi un lustro. Pocos políticos e intelectuales comenzaron a oponérsele temprano. Uno de ellos fue Rufino Blanco Fombona, cuya pluma sangrante fustigó largamente y sin titubeos al Judas Capitolino. Más tarde se sumarían otros que terminarían en el exilio o en la cárcel. Sin embargo, un buen número de serviles continuó rindiéndole honores al “Benemérito”, convertido ya en un tirano implacable. Sus nombres son conocidos y figuran con grandes letras en el museo nacional de la alcahuetería.

Desde antes del golpe Gómez contó con el apoyo irrestricto del gobierno de los Estados Unidos, que deseaba expresamente “un Porfirio Díaz para Venezuela”. El 14 de diciembre de 1908 el presidente encargado de Venezuela le ordenó al patético canciller José de Jesús Paúl que le rogara a los Estados Unidos el envío a las costas de Venezuela de naves de guerra “en prevision de acontecimientos”. Paúl cumplió la orden a través del embajador brasileño en Caracas, encargado de los intereses norteamericanos en Venezuela, en virtud de que Castro había roto relaciones con los Estados Unidos en el mes de junio de ese año. Solícito, el Departamento de Estado envió los navíos y a un comisionado de apellido Buchanan para cumplir con el pedimento gomero. Se iniciaba así la entrega total de nuestra soberanía…

Hoy se cumplen cien años del inicio del régimen gomecista que se prolongaría hasta 1935. Durante esos 27 años, entre otras ignominias, el país fue vendido (casi regalado, en rigor) al capital petrolero internacional…

Para recordar esa pesadilla histórica, leamos de nuevo un poema magistral de Andrés Eloy Blanco, titulado, precisamente, Pesadilla, Pesadilla con tambor, para ser más exactos. Están allí los nombres sombríos de los áulicos, de los cancerberos, de los concesionarios, de los miembros del clan, de los lugares del oprobio… Hay que leerlo en voz alta y darle el ritmo que el delirio del poema nos va imponiendo, hasta llegar al vértigo total en los tres últimos versos que deben ser dichos con la rapidez y fuerza necesarias para despertarnos. Es una obra maestra y acá la copio:

Pesadilla con tambor


Juanchito...
Anito...
Silverito...
Guillermito...

Camero.
Ranero.
Cepo Ballestero.
Rodríguez Rivero.

Itriago.
Sayago.

Arcaya.
Carvallo.
Bello. Guerra Bello.
Carecaballo.
Puerto Cabello.

Aristimuño.
Cuartel del Cuño.

El Comisario.
José Rosario.

Maracay.
Ay. Ay. Ay.

Rafael María.
José María.
Pedro García.
Jorge García.
José Rosario.
Pedro María.
Frías. Frías. Frías.

Los desterrados.
Los torturados.
Los degollados.
Los Consulados.

Hermanos Gómez. Hermanos Gámez.
Los Bienvenida. Cochino Inglés.
López Rodríguez. Rodríguez López.
Pietropaoli.
Josué. Josué. Josué.

Adolfo Bueno. Díaz González.
Cien días. Mil días.
Cuántos días preso?
Bueno. Díaz González.
Preso: cuándo sales?
Los Díaz. Los Buenos.
Buenos Días, González.

Grillos. Grillos. Grillos.
La Rotunda en el Castillo.

Porras. Volcán. Sandoval.
Patanemo en las Colonias.
Palenque con Naricual.
Castillo y Rotunda.
Ministro de Holanda.
Pedro Alcántara Leal.

Vienen degollando.
Vienen velazqueando.
Vienen sayagueando.

Nereo. Fusiles.
Mil Jefes Civiles.

Grillos. Grillos. Grillos.
Plan en Los Hatillos.
Plan en Candelaria.
Plan en Camoruco.
Trompillos. Trompillos.
Grillos. Grillos. Grillos.
Tinoco. Fonseca. Bejuco.

Arveja. Quinchoncho.
Evencio. Florencio.

Don Juancho. Don Concho.
Eustoquio. Aparicio.
Suplicio. Suplicio. Suplicio. Suplicio...
Vidrio molido.
Bola y cadena.
Viene Velazco.
Viene Requena.

Vienen Pimenteles.
Vienen Tarazonas.
Vienen Colmenares.

Veinte. Treinta. Cien.
Hidalgo.
Don Santos.
Rubén.

Marión.
Valentine.
Fulleborn.
Román.
Rincón.
Tocorón. Tocorón. Tocorón.
Chacón. Chacón.
Parra Picón.
Parra Picón.
Parra Picón.

Andrés Eloy Blanco

Monday, November 10, 2008

Nuestra señora de la saya y del chocolate

El Tocuyo

Esas delicadas y bellas páginas vienen de la nostalgia. Las escribió Francisco Tamayo haciendo crónica de los primeros veinticinco años de su vida y las reunió un día bajo el título de El signo de la piedra. Vienen del Tocuyo de comienzos del siglo XX y son memoria cálida del río y la montaña, de los hombres y de las haciendas, del cañamelar y los trapiches. Son un recorrido amable por la vida de un pueblo venezolano que, como muchos otros, medía el tiempo por extensos períodos marcados por hechos imborrables: cuando los chuíos y los chuaos, cuando Montilla, cuando la langosta, cuando el cometa, cuando la gabaldonera, cuando el terremoto. A esas páginas de Tamayo retorno hoy para disfrutar del arte del cronista que sabe tratar con la historia y la microhistoria, sin salirse de su oficio de escritor sabio y elegante. Por cierto, es una lástima que ese libro no cuente todavía con una edición que le haga honor a su grandeza.

Siempre me maravilla en El signo de la piedra la escena proustiana y ceremonial del chocolate. Cuando la leo siento haberla vivido o, por lo menos, habérsela escuchado a mi abuela Ana y experimento entonces eso que algunos llaman memoria transferida. La resonancia de las imágenes que los demás te refieren con vivacidad, puede pasar a ser tuya. Eso me ha ocurrido muchas veces. Por eso creo que no sólo somos nuestra memoria. Somos también la memoria de los otros. He aquí que recuerdo haber visto a esa señora del siglo XIX que en una página de Francisco Tamayo entra a la sala deslumbrándome por su imponencia. Es doña Sacramento, quien vestida de saya y así, realzada en su blancura, se dispone a ser servida por Balbina, su compañera de siempre. Tamayo se detiene en la saya, como debe ser, y nos dice que ese traje de seda negra constaba de dos piezas, falda y saco: “la primera era larga hasta el zapato, con amplios tachones; el corpiño era ajustado al cuerpo, llevaba un vuelo en la cintura, y, arriba, cuello alto y una pieza abrazadora de pesados dibujos de canutillo negro, de vidrio negro, que descansaba delante, sobre los senos. Este era el traje de rigor para el Jueves y Viernes Santo y para los matrimonios rumbosos. En la dote de las novias entraba una carga de baúles y una saya como elementos básicos del ajuar de una señora”.

Nuestra señora de la saya se ha sentado a la mesa cubierta con un blanco mantel de hilo bordado y Balbina le pregunta si quiere tomar ya el chocolate. Ella asiente y enseguida tiene ante sí una copa de coco labrado con pie de plata, llena de la olorosa bebida. Se la han servido cerrera, como a ella le gusta, pero con bizcocho dulce y queso blanco, para equilibrar el sabor. El chocolate sin azúcar humea e inunda con su aroma poderoso todo el recinto.
Doña Sacramento cumple con el ritual. Contempla por un instante las alacenas del comedor y fija primero su mirada en la vajilla con monograma dorado y después en las viejas copas de bacarat. Las oye, como quien oye una fiesta antigua. Constata una vez más que sus hijos no han vuelto a acompañarla a la hora del chocolate. Ahora bebe sola su cerrero. Heriberto se casó y ahí quedó su chorote (la vasija del brebaje), “sin uso ni beneficio” y Hercilia dice que esa costumbre pasó de moda. Sólo Doña Sacramento es fiel a la liturgia. Al levantarse de la mesa da gracias al señor por sus favores y Balbina le responde: “Bendito y alabado sea el santo nombre de Dios”.

La escena concluye, pero tiene la fuerza de un gesto rotundo y el aplomo de una memoria mítica de lo cotidiano, con su oficio, su lugar, su traje y su alimento.

Gracias de nuevo a Francisco Tamayo, por su libro orgullosamente tocuyano.

Wednesday, November 05, 2008

Palabras para Cabudare...

Iglesia de Cabudare

Ser convocados por una Alcaldía para reflexionar sobre temas históricos, es, sin duda, un acto de civilidad infrecuente en un país que desde hace muchas décadas se enfermó de desmemoria. Por esa razón, no puedo dejar de destacar y celebrar al inicio de estas palabras -que les aseguro serán breves, pero muy sentidas- el motivo por el cual estamos acá: la realización del VI Seminario de Historia Económica, Social y Cultural de Cabudare y el II Encuentro de la Microhistoria Larense.

Se le debe a la tenacidad creadora del cronista Taylor Rodríguez García, no sólo el encomiable hecho de la convocatoria, sino también lo más insólito de la misma: su continuidad. Resignados a lo efímero o al debut que casi siempre termina siendo despedida, cuando nos topamos con una actividad a la que se le ha conferido rango y permanencia, se nos impone de inmediato el indispensable ejercicio del reconocimiento. Y eso queremos hacer de entrada: reconocer en este Municipio, en esta Alcaldía, en esta Fundación Biblioteca “Héctor Rojas Meza”, en esta ciudad y en su estupendo cronista, un ejemplo de trabajo cultural que procura, tanto la difícil excelencia académica, como el amable intercambio de conocimientos en los nobles temas del acontecer local.

En tiempos de desencuentros y querellas, reunirse para avivar historias de nuestros terruños y para compartir nuevas indagaciones sobre el pasado e imágenes vivas de lo que fue (y es) la vida cotidiana de los pueblos larenses, es ir sembrando convivencia, semillas de un futuro que nos hará mejores seres humanos, por haber comprendido que somos en primer lugar una memoria.

Celebro, además, que sea Cabudare el centro de este hermoso esfuerzo colectivo por el saber histórico. Sometida al trasiego de un crecimiento capaz de llevarse por delante los sagrados lugares de nuestros ancestros, Cabudare exhibe ahora el vigor de una resistencia cultural, aparentemente pequeña, pero que de llegar a propagarse aún más, mediante la perseverancia y lucidez de sus portavoces, podrá convertirse en una fuerza indetenible. Esa resistencia cultural la están haciendo y activando ustedes con este trabajo dirigido fundamentalmente a los educadores del Municipio Palavecino y de otras entidades cercanas. Se trata de enfrentar con espíritu de pueblo unido en el orgullo de serlo, el aluvión de un desarrollo impersonal que la situación de conurbanismo fue agravando con los años.

No le ha tocado fácil a Cabudare su vecindad con Barquisimeto. Sin embargo, ha dado muestras -como ésta- de estar consciente de ese difícil destino: el destino de seguir siendo Cabudare, sin dejar de mirar el futuro ni de convivir con realidades ineludibles. Hacerlo, recordando que, a quienes miran el futuro sin conocer su pasado, los espera un porvenir incierto, desangelado y triste. Por eso, Cabudare toma ahora las debidas previsiones contra el olvido de sus orígenes, siguiendo la propuesta que desde hace algunos años Taylor Rodríguez les hizo a los cabudareños, para ayudarnos a no perder nuestros nexos con las raíces.

Dije “ayudarnos”, precipitándome por mi deseo de declararme hoy cabudareño, para recordar como es debido, y con el permiso de ustedes -por el carácter muy personal de esta declaración-, al cabudareño que me es más entrañable y que desde el pasado 7 de enero reposa eternamente en su tierra de Palavecino: mi padre, José Manuel Castillo Díaz, hijo de Pastora y de Manuel, quien jamás olvidó su infancia por estas calles y, menos aún, los diálogos con sus amigos de entonces: Honorio Dam, Marcos Salas, Julio Alvarez Casamayor y Coché Rojas, casi todos monaguillos del padre Muñoz o condiscípulos en alguna escuelita o en la gran Escuela Federal Graduada Ezequiel Bujanda, cuyo epónimo fue siempre recordado por mi padre como el de uno de los cabudareños más ilustres, enmendando de paso a mi madre tocuyana, al decirle que antes de ser por adopción paisano de ella, el poeta Bujanda había tomado la feliz precaución de nacer en Cabudare.

Dispénsenme que haya tomado como excusa a Francisco José Rojas Rodríguez (Coché), para este desahogo íntimo, pero es que no puedo desvincular en mi memoria el preclaro nombre del homenajeado en este VI Seminario, de la imagen de mi padre, hablándome emocionado de su amigo y resaltando la inmensa calidad humana de quien dedicó su vida a los afectos, incluido entre ellos, el sublime afecto por su pueblo. Por mi padre supe que Francisco José Rojas, sobrino por rama paterna de Héctor Rojas Meza, fue un hombre íntegro y honesto, como lo probó de manera impecable su paso por la política, convertida a veces en una máquina demoledora de decencias.

“Coché” Rojas fue maestro completo porque dio sus lecciones no sólo en el aula, sino sobre todo en su vida. En aquélla fue profesor de profesores, como lo revela su fecunda presencia en el Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio. En la otra, fue maestro de todos los que ven en su ejemplo de ciudadanía un camino a seguir para la vida pública. Quiero destacar en esta ocasión una arista de esa loable conducta cívica, por lo mucho que signifuca para nuestra irrenunciable educación sentimental: su apego por Cabudare. Me apoyo en unas palabras del cronista de esta ciudad venerada:

Desde su jerarquía en la administración pública estadal (Francisco José Rojas) no descuidó jamás su comarca natal. Apenas derrocada la dictadura… cuando todavía no ejercía la presidencia de la legislatura larense, lideró la creación de la Junta Pro Mejoras de Cabudare, organización no gubernamental como se identifica en la actualidad, en la que igualmente participaron solidarios hijos e hijas y amigos de esta ciudad del horizonte infinito, como Roseliano Palacios, Juan de Dios Troconis, Eurípides Ponte, Juan de Dios Meleán, Catalino Escalona, Julio Alvarez, Pedro López Amaya, Nedda Alvarez y Ligia Meleán”.

Acompañados por una seccional de esa junta instalada en Barquisimeto e intregrada, entre otros, por José Ramón Brito, Asisclo Vásquez, Tomás Lucena Yépez, Elías Marrufo, Alejandro Rojas R., Teobaldo Brito, Honorio Dam, José Arangú e Ignacio Rojas Meza, el grupo liderado por “Coché” Rojas logró para Cabudare algunas obras que nuestro acucioso cronista enumeró en una relación que no las agota y de las cuales me permito recordar las siguientes:

-Adquisición de la Hacienda La Mata con el propósito de mejorar el servicio de agua y de contar con una área ejidal en el Municipio.

-Construcción de las casa rurales que corresponden a la urbanización La Mata.

-Reconstrucción del Puente San Nicolás, área del histórico árbol, el jabillo blanco que cierto equívoco identificaba como ceiba.

-Construcción de la Plaza General Aquilino Juares Rumbos, frente a la actual sede del poder municipal.

-Creación del primer liceo en la historia educativa de Palavecino, actual Jacinto Lara.

-Creación de las escuelas Valmore Rodríguez y Héctor Rojas Meza.

-Construcción del estadio Terepaima.

-Creación del Liceo Omaira Sequera Salas.

Son sólo algunas de las acciones y obras que esa organización de cabudareños realizó y obtuvo para su pueblo. Ahora forman parte de lo cotidiano. Antes fueron desvelos de algunos servidores públicos como Francisco “Coché” Rojas, quien no se limitó a querer a su tierra ocupándose de ella en acciones como las mencionadas, sino que cultivaba esa querencia con tertulias diarias en Cabudare. Nos dice el historiador Taylor Rodríguez:

Jubilado de la administración pública, avanzado de edad, con algunos problemas de salud, el maestro Francisco José Rojas Rodríguez, no dejó de visitar diariamente a su Cabudare natal desde Barquisimeto, capital larense donde había fijado su residencia varias décadas pretéritas. No sacrificó jamás su cabudareñidad, a estas comunidades de la obra banda del Turbio les fue útil a lo largo de su itinerario vital”.Homenajear a Francisco José Rojas es honrar ese patrimonio inmaterial de la cultura que consiste en el amor a un pueblo y que él encarnó en su vida de humanista humilde y bueno. Y es también rendir tributo a la dignidad humana, agredida con lastimosa contumacia por la voraz negligencia de quienes ignoran la historia sencilla y bella de nuestras viejas comarcas.

Vengo de una universidad yaracuyana que ha entendido que la cultura es la única vía para salvarnos. En ella estamos dando lugar de privilegio a los estudios de la microhistoria y de la crónica. Siento que ustedes tienen mucho que enseñarnos para robustecer la ruta intelectual que hemos iniciado en ese ámbito. A cambio, ofrecemos nuestro apoyo y nuestra adhesión al denodado afán de ustedes por convertir a Cabudare en faro de una cultura universal. Como se sabe, toda cultura universal comienza en la parroquia, por ejemplo, en ésta, muy cerca de aquí, en un banquito de la Plaza Bolívar en el que siguen departiendo vespertinamente Eurípides Ponte, Carlos Guédez y "Coché".

He dicho.