La caravana pasa
DISCURSO DEL RECTOR EN EL ACTO DE LA QUINTA GRADUACION DE LA UNEY
Celebra nuevamente la UNEY un acto de graduación. Ya nos va pareciendo sencilla y rutinaria esta ceremonia de la culminación académica. Pero como muchas de las apariencias, también ésta es engañosa y parcial. Sobre todo parcial, porque responde sólo a la perspectiva de quienes estamos de este lado del auditorio. Para la mayoría de los presentes es un acto inédito, que habrá de recordarse, además, como un momento único en la vida. Y pensando bien el asunto, también para nosotros es un acto diferente a los anteriores. Lo es, no sólo por el hecho de que lo realizamos en el año de nuestro décimo aniversario, y ello le confiere cierto carácter simbólico que a todos nos imanta, sino también porque cada acto de graduación es especial, como distinto es el tiempo en que ocurre… No olvidemos las viejas enseñanzas de la física… Pero más que eso, su rasgo específico lo otorga la emoción particular con que cada uno de nosotros lo vive. Y las emociones no están en los libretos ni en las actas, ni son repetibles, aunque sean inolvidables. Sé que vivo este momento de una manera nueva y podría auxiliarme con el talismán de un viejo dicho para recordar que este es el quinto acto de graduación que realizamos y que, desde luego, “no hay quinto malo”, lo que podríamos tomar como una fortuna para ustedes, graduandos, marcada en las cartas de la sabiduría popular. Sin embargo, todos sabemos que los destinos sólo pueden forjarse con nuestro esfuerzo, aunque la ayuda de los astros o de los dioses nunca sea enteramente descartable.
Coincide esta graduación con un momento importante para la educación venezolana. Hace apenas un mes entró en vigencia una nueva Ley Orgánica de Educación, cuyo contenido comporta, entre otras cosas, un vigoroso impulso a la integralidad del conocimiento, a la creación intelectual y artística, al deporte y a la recreación, al conocimiento y preservación de nuestra memoria histórica, a la flexibilidad de las estructuras académicas, a la indispensable participación ciudadana en las instituciones educativas y a la interculturalidad como un camino idóneo para la verdadera democracia. Como ven, buena parte de esos principios y objetivos se los ha venido planteando la UNEY como institución innovadora dentro del ámbito universitario de Venezuela. Por ese motivo, hemos recibido esta novísima Ley con beneplácito y regocijo y no sólo con adhesión y acuerdo. Sabemos, sí, que el camino para su aplicación no es fácil, como tampoco lo ha sido para nosotros la apertura hacia horizontes distintos, creativos e incluyentes. Editar algo nuevo, auténticamente nuevo (no la reedición de viejos modelos o estructuras) siempre va acompañado de algún dolor, por la sencilla razón de que editar es parir. Y en eso estamos nosotros y está el país.
Se ha dicho que la nueva Ley pretende politizar las aulas. Al respecto me limito a recordar lo que escribió hace más de cincuenta años el gran humanista trujillano Mario Briceño Iragorry: “Si hubiera deseos de hacer una república encuadrada dentro de los severos lineamientos del orden y de la libertad, se crearían en las universidades una, dos, tres cátedras destinadas a hablar y a discutir de Política. A discutir y a hablar de Política con mayúscula. Justamente lo que la juventud ha necesitado y continúa necesitando es que se le hable magistralmente de sus deberes y de sus derechos políticos”. Por cierto, hace pocos días me enteré de que por un decreto regional a la Biblioteca del Estado Trujillo le arrebataron el nombre de “Mario Briceño Iragorry”, por motivos impresentables en cualquier escenario que se considere serio y que piadosamente voy a omitir ahora. Pienso que una de las razones de ese atropello contra el patrimonio cultural de Venezuela es, precisamente, la falta de formación política. Todavía carecemos de ella, a pesar de los recientes esfuerzos de superación. Sin duda, los valores que encarna el nombre de Mario Briceño Iragorry no pueden ser borrados por nadie, menos aún por el infeliz decreto de algún gobernador ignorante o mal asesorado. Pero el hecho es escandalosamente sintomático y revela la inmensa necesidad de comenzar a aplicar la novísima Ley Orgánica de Educación para la formación, no sólo de mejores ciudadanos, sino también de mejores dirigentes.
Ayer realizamos una hermosa e interesantísima jornada de reflexión sobre uno de los aspectos más relevantes de la citada Ley, en materia de cultura: la educación intercultural y bilingüe. Nos acompañaron dos de nuestros Doctores Honoris Causa: Esteban Emilio Mosonyi y Jorge Pocaterra, así como la eminente profesora María Eugenia Villalón, de la UCV. Ponentes y participantes coincidimos en apuntar la enorme dificultad que representa iniciar el ejercicio consciente y cotidiano de una acción educativa intercultural en un país que durante siglos invisibilizó las otredades y cultivó con esmero la hegemonía de una sola visión del mundo y de la vida. Y que hizo algo peor: desde esa misma visión reductiva y empobrecedora se dedicó a destruir o a desvirtuar lo más valioso de nuestro patrimonio.
El afán por el poder e incluso, por los pequeños poderes, no tiene límites. En su desmesura corre el amok y se lleva por delante todo lo que encuentra. Y así pasó entre nosotros. Y aún sigue ocurriendo, pese a los vientos de cambios favorables que ahora soplan con más fuerza…
Les refiero la jornada de ayer porque quiero extraer de ella un ejemplo de lo que nos hemos venido proponiendo como universidad: recuperar el diálogo con todas las culturas, conociéndolas y reconociéndolas primero, no para armar un curriculum o un plan de estudios, o una carrera o un postgrado, sino para algo más trascendente: para una mejor convivencia entre los hombres y mujeres de estas tierras, sin discriminación de ningún tipo. Ello supone la ruptura con ciertos dogmatismos a los que vivimos aferrados, algunos de los cuales nos negamos a ver como tales: uno es, sin duda, el de la certeza epistémica, pretendido monopolio de nuestras “ciencias” duras o de nuestras “ciencias”, en general. Por haber sucumbido a una deplorable asimetría epistemológica, nos hemos negado a la inmensa riqueza de otros saberes y de otros conocimientos, lo que ha significado, además, ignorar otras memorias y otros tiempos, porque no sólo existe una diversidad de culturas. Existe también una diversidad de biografías y de calendarios, vividos individualmente o en comunidad, en lugares que desconocemos aunque los hayamos visitado alguna vez o los tengamos al lado o enfrente. Nosotros, pobres cultores de la tecnología, navegamos con soltura por internet, nos globalizamos en la banalidad por facebook y por twitter, pero no sabemos de dónde vino nuestro idioma (ni menos aún, a dónde se fue o se está yendo), dónde están nuestras raíces y cómo es que han sobrevivido en la selva amazónica los ríos y los hombres, si es que despertamos de nuestro sueño de consumos y reparamos en que allí hay hombres o ríos o que simplemente existe ese lugar de América, más allá de un punto señalado en el mapa virtual que consultamos en la red, cuando nos da por ser curiosos. Lastimosamente, tenemos mucho tiempo sin preguntarnos algo que valga la pena.
Sería bueno pensar un poco en lo que ayer nos decía Jorge Pocaterra: los derechos lingüísticos no se refieren sólo a los idiomas. Se refieren también a nuestra cocina, a nuestras danzas, a nuestros juegos, a nuestras creencias, a nuestros árboles, a nuestros pájaros. Pensando en esas cosas he confirmado una vez más que la universidad del futuro será intercultural o no será universidad. Sólo así podrá dejar de ser indiferente a los gravísimos problemas que confronta el cuerpo social que la alberga. Si para ello tiene que transformarse por completo, que lo haga, pues, sin temor a las barreras erigidas precisamente para que ella no cambie (reglamentos o prácticas), tal como estaba el guardián de la Casa de la Justicia para que allí no entrara nadie, según la descarnada observación de un judío de Praga llamado famosamente Franz Kafka.
Atendamos los buenos ejemplos del trabajo a contracorriente. Acá, en la UNEY, lo estamos haciendo y por eso hemos iniciado el programa Darcy Ribeiro, para dejar de ser guardianes kafkianos de las aulas y respaldarnos en una trayectoria ejemplar de la cultura latinoamericana: la de quien llegó a decir que había creado una casa de estudios universitarios novedosa como la de Brasilia y había marcado un deslinde con los anteriores modelos, por la sencilla razón de que no había sido socializado en ninguna universidad, sino en una comunidad indígena del Brasil.
Graduandos: hoy comienzan un recorrido distinto y más atractivo. Ya no tienen un horizonte único: concluir estudios y graduarse. A partir de este momento, tienen muchos horizontes, muchos caminos. Y los tienen, si saben verlos, dentro de ustedes, en toda su plenitud.
Como las experiencias que vivirán no estarán exentas de algún apremio, este viejo que ya soy recomienda la lectura de unos versos de Rubén Darío, para seguir transitando por la inevitable refriega civil de los nacidos:
“Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén… ¡la caravana pasa!”
Freddy Castillo Castellanos.
San Felipe, 18 de septiembre del 2009.
Celebra nuevamente la UNEY un acto de graduación. Ya nos va pareciendo sencilla y rutinaria esta ceremonia de la culminación académica. Pero como muchas de las apariencias, también ésta es engañosa y parcial. Sobre todo parcial, porque responde sólo a la perspectiva de quienes estamos de este lado del auditorio. Para la mayoría de los presentes es un acto inédito, que habrá de recordarse, además, como un momento único en la vida. Y pensando bien el asunto, también para nosotros es un acto diferente a los anteriores. Lo es, no sólo por el hecho de que lo realizamos en el año de nuestro décimo aniversario, y ello le confiere cierto carácter simbólico que a todos nos imanta, sino también porque cada acto de graduación es especial, como distinto es el tiempo en que ocurre… No olvidemos las viejas enseñanzas de la física… Pero más que eso, su rasgo específico lo otorga la emoción particular con que cada uno de nosotros lo vive. Y las emociones no están en los libretos ni en las actas, ni son repetibles, aunque sean inolvidables. Sé que vivo este momento de una manera nueva y podría auxiliarme con el talismán de un viejo dicho para recordar que este es el quinto acto de graduación que realizamos y que, desde luego, “no hay quinto malo”, lo que podríamos tomar como una fortuna para ustedes, graduandos, marcada en las cartas de la sabiduría popular. Sin embargo, todos sabemos que los destinos sólo pueden forjarse con nuestro esfuerzo, aunque la ayuda de los astros o de los dioses nunca sea enteramente descartable.
Coincide esta graduación con un momento importante para la educación venezolana. Hace apenas un mes entró en vigencia una nueva Ley Orgánica de Educación, cuyo contenido comporta, entre otras cosas, un vigoroso impulso a la integralidad del conocimiento, a la creación intelectual y artística, al deporte y a la recreación, al conocimiento y preservación de nuestra memoria histórica, a la flexibilidad de las estructuras académicas, a la indispensable participación ciudadana en las instituciones educativas y a la interculturalidad como un camino idóneo para la verdadera democracia. Como ven, buena parte de esos principios y objetivos se los ha venido planteando la UNEY como institución innovadora dentro del ámbito universitario de Venezuela. Por ese motivo, hemos recibido esta novísima Ley con beneplácito y regocijo y no sólo con adhesión y acuerdo. Sabemos, sí, que el camino para su aplicación no es fácil, como tampoco lo ha sido para nosotros la apertura hacia horizontes distintos, creativos e incluyentes. Editar algo nuevo, auténticamente nuevo (no la reedición de viejos modelos o estructuras) siempre va acompañado de algún dolor, por la sencilla razón de que editar es parir. Y en eso estamos nosotros y está el país.
Se ha dicho que la nueva Ley pretende politizar las aulas. Al respecto me limito a recordar lo que escribió hace más de cincuenta años el gran humanista trujillano Mario Briceño Iragorry: “Si hubiera deseos de hacer una república encuadrada dentro de los severos lineamientos del orden y de la libertad, se crearían en las universidades una, dos, tres cátedras destinadas a hablar y a discutir de Política. A discutir y a hablar de Política con mayúscula. Justamente lo que la juventud ha necesitado y continúa necesitando es que se le hable magistralmente de sus deberes y de sus derechos políticos”. Por cierto, hace pocos días me enteré de que por un decreto regional a la Biblioteca del Estado Trujillo le arrebataron el nombre de “Mario Briceño Iragorry”, por motivos impresentables en cualquier escenario que se considere serio y que piadosamente voy a omitir ahora. Pienso que una de las razones de ese atropello contra el patrimonio cultural de Venezuela es, precisamente, la falta de formación política. Todavía carecemos de ella, a pesar de los recientes esfuerzos de superación. Sin duda, los valores que encarna el nombre de Mario Briceño Iragorry no pueden ser borrados por nadie, menos aún por el infeliz decreto de algún gobernador ignorante o mal asesorado. Pero el hecho es escandalosamente sintomático y revela la inmensa necesidad de comenzar a aplicar la novísima Ley Orgánica de Educación para la formación, no sólo de mejores ciudadanos, sino también de mejores dirigentes.
Ayer realizamos una hermosa e interesantísima jornada de reflexión sobre uno de los aspectos más relevantes de la citada Ley, en materia de cultura: la educación intercultural y bilingüe. Nos acompañaron dos de nuestros Doctores Honoris Causa: Esteban Emilio Mosonyi y Jorge Pocaterra, así como la eminente profesora María Eugenia Villalón, de la UCV. Ponentes y participantes coincidimos en apuntar la enorme dificultad que representa iniciar el ejercicio consciente y cotidiano de una acción educativa intercultural en un país que durante siglos invisibilizó las otredades y cultivó con esmero la hegemonía de una sola visión del mundo y de la vida. Y que hizo algo peor: desde esa misma visión reductiva y empobrecedora se dedicó a destruir o a desvirtuar lo más valioso de nuestro patrimonio.
El afán por el poder e incluso, por los pequeños poderes, no tiene límites. En su desmesura corre el amok y se lleva por delante todo lo que encuentra. Y así pasó entre nosotros. Y aún sigue ocurriendo, pese a los vientos de cambios favorables que ahora soplan con más fuerza…
Les refiero la jornada de ayer porque quiero extraer de ella un ejemplo de lo que nos hemos venido proponiendo como universidad: recuperar el diálogo con todas las culturas, conociéndolas y reconociéndolas primero, no para armar un curriculum o un plan de estudios, o una carrera o un postgrado, sino para algo más trascendente: para una mejor convivencia entre los hombres y mujeres de estas tierras, sin discriminación de ningún tipo. Ello supone la ruptura con ciertos dogmatismos a los que vivimos aferrados, algunos de los cuales nos negamos a ver como tales: uno es, sin duda, el de la certeza epistémica, pretendido monopolio de nuestras “ciencias” duras o de nuestras “ciencias”, en general. Por haber sucumbido a una deplorable asimetría epistemológica, nos hemos negado a la inmensa riqueza de otros saberes y de otros conocimientos, lo que ha significado, además, ignorar otras memorias y otros tiempos, porque no sólo existe una diversidad de culturas. Existe también una diversidad de biografías y de calendarios, vividos individualmente o en comunidad, en lugares que desconocemos aunque los hayamos visitado alguna vez o los tengamos al lado o enfrente. Nosotros, pobres cultores de la tecnología, navegamos con soltura por internet, nos globalizamos en la banalidad por facebook y por twitter, pero no sabemos de dónde vino nuestro idioma (ni menos aún, a dónde se fue o se está yendo), dónde están nuestras raíces y cómo es que han sobrevivido en la selva amazónica los ríos y los hombres, si es que despertamos de nuestro sueño de consumos y reparamos en que allí hay hombres o ríos o que simplemente existe ese lugar de América, más allá de un punto señalado en el mapa virtual que consultamos en la red, cuando nos da por ser curiosos. Lastimosamente, tenemos mucho tiempo sin preguntarnos algo que valga la pena.
Sería bueno pensar un poco en lo que ayer nos decía Jorge Pocaterra: los derechos lingüísticos no se refieren sólo a los idiomas. Se refieren también a nuestra cocina, a nuestras danzas, a nuestros juegos, a nuestras creencias, a nuestros árboles, a nuestros pájaros. Pensando en esas cosas he confirmado una vez más que la universidad del futuro será intercultural o no será universidad. Sólo así podrá dejar de ser indiferente a los gravísimos problemas que confronta el cuerpo social que la alberga. Si para ello tiene que transformarse por completo, que lo haga, pues, sin temor a las barreras erigidas precisamente para que ella no cambie (reglamentos o prácticas), tal como estaba el guardián de la Casa de la Justicia para que allí no entrara nadie, según la descarnada observación de un judío de Praga llamado famosamente Franz Kafka.
Atendamos los buenos ejemplos del trabajo a contracorriente. Acá, en la UNEY, lo estamos haciendo y por eso hemos iniciado el programa Darcy Ribeiro, para dejar de ser guardianes kafkianos de las aulas y respaldarnos en una trayectoria ejemplar de la cultura latinoamericana: la de quien llegó a decir que había creado una casa de estudios universitarios novedosa como la de Brasilia y había marcado un deslinde con los anteriores modelos, por la sencilla razón de que no había sido socializado en ninguna universidad, sino en una comunidad indígena del Brasil.
Graduandos: hoy comienzan un recorrido distinto y más atractivo. Ya no tienen un horizonte único: concluir estudios y graduarse. A partir de este momento, tienen muchos horizontes, muchos caminos. Y los tienen, si saben verlos, dentro de ustedes, en toda su plenitud.
Como las experiencias que vivirán no estarán exentas de algún apremio, este viejo que ya soy recomienda la lectura de unos versos de Rubén Darío, para seguir transitando por la inevitable refriega civil de los nacidos:
“Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén… ¡la caravana pasa!”
Freddy Castillo Castellanos.
San Felipe, 18 de septiembre del 2009.








