Sunday, October 23, 2005

El escritor en su laberinto


Borges

Fue uno de sus símbolos constantes, como el espejo y los tigres. Lo descubrió de niño, en un libro con grabados que mostraban las siete maravillas del mundo. No sé si llegó a dibujarlo, como hizo con las fieras de su temprana devoción.

Cuentan que Georgie, armado de una lupa, intentaba explorar el centro del laberinto para ver al Minotauro. Al percatarse de la esterilidad de ese afán, prefirió imaginárselo, para ventura eterna de sus futuros lectores que ahora son legión. Así, el laberinto terminó sendo una insustituible metáfora borgiana, y el Minotauro, un personaje solitario llamado Asterión, famosamente.

La metáfora alude no sólo a la perplejidad incesante, sino también al inexplicable universo, mientras que Asterión es el pobre protagonista de un profundo tedio metafísico, incapaz de ver en su presunto redentor la ominosa presencia del verdugo. ¿Acaso no seguimos siendo los hombres unos incurables y redomados asteriones que andamos a la espera del salvador de turno, dentro de un laberinto que aún no logra cerrarse a la crueldad?... Dejémoslo así, como metáfora, por decirlo a la manera de Reyes, el mexicano que Borges admiraba.

Ahora el escritor está sentado en un muro del laberinto. Su mano derecha se apoya en el báculo que hace tiempo dejó de ser indeciso, a fuerza de iluminar huecas penumbras. Sobre su rodilla izquierda descansa la otra mano, hermosa y enigmática. El viento agita sus cabellos blancos. Los ojos deambulan insomnes, uno más que otro (todo hay que decirlo). El fotógrafo alcanza, por fin, la perplejidad del instante, con columnas al fondo y escaleras abajo. Se ha hecho presente de improviso la significación solar del laberinto. Y allí está Borges, inmenso, llegando de la noche de los tiempos para escribir poco después que “este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como Maria Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto”.

He visto la foto muchas veces y he leído el poema otras tantas. Y seguiré haciéndolo. ¿Retornar al mismo sitio no es el destino que todo laberinto nos depara?

8 comments:

Claudia said...

¿Y si decubrieramos un día que las paredes del laberinto son en realidad endebles? ¿existirá el afuera? me pregunto mientras me pierdo en las esquinas de mi incesante laberinto

Martín said...

Bella historia para una buena foto. Solo una curiosidad como fotógrafo: estará cortada esta imágen o quién la tomó la concibió exactamente igual a como está presentada aquí? es un extraño formato. Abrazos!

Henry S. said...

Martin Castillo es autor de un extraño tripitico cuyas tres fotos tienen un formato absolutamente parecido con el formato de esta. Laberintos de la fotografia, supongo.

Guy Monod said...

Quisiera ver el tríptico de Martín

¿Será Nacho Valcárcel en el Caney?
¿Izzy Cuyagua en Patanemo?
¿El Ilustre en su biblioteca?

Quien lo tenga que me lo muestre

.Guy

Altazor said...

Está cortada la foto. No la conseguí completa. Se puede ver tal como fue concebida en "Atlas", libro de viajes de Borges y Kodama.

Martín said...

La dueña de ese tríptico es Marta Bedoya, y ahora me estoy dando cuenta de la importancia que tienen esas imágenes. En la primera foto están Guy Monod y Henry S. sentados en una mesa con un litro de cerveza Mahou al lado, Monod escribe algo. En la segunda foto, mismo plano, sale Monod de pie, sin que se le vea la cara, a punto de retirarse, no recuerdo la cara de Leprince ahora, pero si su pelo, alborotado como seguro estaban sus pensamientos en ese momento. Tercera y última foto, Leprince solo, Monod desaparece totalmente de la escena.

No recuerdo si el papel, o los papeles, donde escribía Guy Monod están en la última foto, ahí está la clave.

Poéticas reunidas said...

El poema de Borges que citas me gusta muchísimo. Siempre que lo leo, vuelvo a quedar enredado en él, en esas frases que se repiten, al mismo tiempo que se alargan y que son esa red de piedra, ese otro laberinto que es el tiempo.

Henry S. said...

Pues yo sabia que Marta al final algo tenia que ver con el manifiesto. Estaré al acecho.