Friday, February 14, 2014

Diario de un desterrado




Entusiasmado con la lectura del diario de Valentín Espinal. No lo suelto desde ayer, cuando lo busqué para revisar algunas páginas que me impresionaron en una negligente lectura de hace tiempo. Quería, además, tenerlo a mano para hacer los comentarios que tengo pendientes acerca del tema de los diarios. Con argumentada precisión, Pedro Grases, en el prólogo de este volumen, destaca su enorme valor testimonial. Releerlo ha sido, como ocurre siempre con las relecturas, leerlo por vez primera.
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Valentín Espinal es el gran impresor venezolano del siglo XIX. Probo y ecuánime, fue combatido, precisamente, por poseer tales virtudes. Claro, le tocó vivir en una de esas épocas en las que no es admisible la moderación y el sentido del equilibrio. Por el contrario, “anatema sea” con esos atributos. Leyendo las líneas en las que refiere el impresor los pavorosos días de la Guerra Federal, pensé en una historia que suele repetirse: la de la soledad del hombre justo que no es oído por los enconados, ni aún por los de su mismo bando. Estos, por cierto, terminaron siendo los perseguidores de Espinal.

El diario abarca los dos años de destierro del autor, en plena guerra civil (1861-1863). Sin embargo, no sólo refleja la huella de una herida, sino también, la intensa pasión venezolana de Espinal. Y algo más: la sensibilidad de quien es capaz de registrar minuciosamente todo lo que alegra el espíritu de un hombre bueno y culto. No olvidemos que se trata del diario de un viajero, asombrado ante nuevos paisajes y deseoso de grabarlo todo en su memoria. Espinal describe con escrupulosa acribia cuanto llama su atención: parques, casas, edificios, calles, fábricas, cuadros, sesiones parlamentarias, vestimentas, dichos, visitas. Nada escapa a sus ojos y seguramente pocas cosas olvidó en el tintero.
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Una página del Diario de un desterrado me trae de pronto el recuerdo de mi querido amigo Nacho Valcárcel, quien me alojó en su casa de Chueca hará poco más de cuatro años. Y es que Valentín Espinal se encuentra ahora en Madrid y no deja calle del centro sin caminar. En este instante sube por Hortaleza para llegar al “Paraíso”, un precioso jardín en el que dan funciones de música y de baile. Hoy me quedo ahí.

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