Thursday, July 13, 2006

Cuchi cocinando en Quito


Cuchi cocinando en Quito

Ahí está Cuchi (Cruz del Sur Morales) uno de los días en que su talento y su capacidad de trabajo hicieron que la cocina venezolana obtuviera la aprobación de los numerosos y diversos comensales del Swissôtel de Quito. El esposo de Cuchi tomó la foto y la trae hasta acá sólo para desahogar su orgullo.

Thursday, June 29, 2006

Zinedine Zidane


ZZ

Porque baila tango en el césped.

Porque es la poesía que no se rinde,
la armonía que no cesa,
la elegancia que no se inventa.

Porque admira a Francescoli.
Porque bautizó a su hijo con el nombre de Enzo.

Porque vino de Argelia, pero también de un ensayo de Camus.

Porque ayer José Luis Meléndez hizo en su honor la figura de la bailarina en la UNEY.

Porque también ayer el escritor español Benjamín Prado
escribió en El País estas palabras definitivas que comparto:

"Que a nadie se le ocurra retirar el número cinco de la camiseta del Madrid, o el diez de la de Francia. Yo propongo que se retire la zeta del diccionario de la RAE".

Saturday, June 24, 2006

Arte, cachivaches, Guy Monod


Duchamp

Para recordar un post de Guy Monod

(http://domingoenlatarde.blogspot.com/2005/09/reflexiones-de-urinario.html).

Para recordar la letal ironía de Félix de Azúa en su insuperable Diccionario.

Para recordar cachivaches tecnológicos.

Friday, June 23, 2006

Fotógrafos de Uqbar


Los heresiarcas de Uqbar

Una foto muchísimo mejor que ésta los mostró ayer en El Nacional (página B-14). En el fondo, acá Cortázar y en la de ayer, ellos mismos. Son mis fotógrafos predilectos.

La cámara en la cáma(ra) doméstica. Se me ocurre esa frase al ver ahora algunas de las fotos de su portafalio (http://www.pluneplu.com/).

Martín y María Antonia, heresiarcas de Uqbar, están en el IX salón de la FIA, abierto desde anoche en Caracas.

Monday, June 19, 2006

Marta Lynch


Marta Juana Lynch (hija de Marta Lynch)

Pregunté por Marta Lynch a los intelectuales que conocí en Buenos Aires hace seis meses. Todos coincidieron en que su mejor libro es Al vencedor (1985) y en que ella misma era su personaje más interesante. Lo primero no corresponde a la fama de sus títulos, entre los cuales destacan La alfombra roja y La señora Ordóñez. Lo segundo es unánime.

Recuerdo haber leído unas páginas de su hijo, el filósofo Enrique Lynch, donde nos comunica la imposibilidad de explicar el suicidio de su madre. Es un texto estupendo. Lynch se detiene en un detalle: la pequeña hendidura que la bala hizo sobre la madera del armario. Lo hace porque fue lo único distinto que encontró cuando al día siguiente llegó a la casa de sus padres. Se imagina, entonces, que esa hendidura permanecerá allí y que algún día el nuevo inquilino de la casa habrá de descubrirla. Libre de toda conexión luctuosa, la huella del suicidio ocurrido allí el 8 de octubre de 1985 terminará siendo el signo de algo inasible y conjetural. La distancia infranqueable entre ese signo y su remota causa es para Enrique Lynch la misma distancia que separa la interpretación del suicidio de cualquier forma de consuelo.

Una biografía escrita por Cristina Mucci (La señora Lynch) incluye testimonios y citas que intentan darnos una idea del personaje: la idea que la autora tiene de su biografiada. No digo que la Mucci no sea veraz, pero prefiero irme a los libros de Marta Lynch para disfrutarla y, sobre todo, para dejarme llevar por el atractivo mundo de sensualidad que ya he comenzado a atribuirle a su escritura mientras miro una foto donde Marta, coqueta, bella y seductora, se apoya en los brazos de dos amigos.

Saturday, June 10, 2006

Bioy y la comida


Bioy

Me adelanto a Biscuter y antes de que "cuelgue" este post en su blog Duelos y Quebrantos (http://wwwconuqueando.blogspot.com), decido hacerlo en esta isla:

"Resulta que doy mucha importancia a la comida. Solamente personas muy humildes, o francesas, le dan tanta importancia. Algune vez oí a un peón de campo, don Juan P. Pees, que el patrón era esto o aquello, pero (y aquí se hacía un alto, para acordar el debido énfasis al reconocimiento) que no era mezquino con la comida del trabajador. Yo he oído con mucho asombro y diversión estas declaraciones que me parecieron marcar la extraordinaria humildad de quien las hacía. Pero ahora sé más al respecto. En Francia vivo feliz (entre otras razones) porque como bien. No se entienda que como sibaríticamente; no, aunque también como así; una sensación física que nos mueve a dar complacidas palmadas en la barriga. Otra prueba de la importancia que doy a la comida es mi enojo anoche, con Silvina, porque me arregló con verduritas, ñoquis y jamon frío".

(Adolfo Bioy Casares, Descanso de Caminantes, Editorial Sudamericana, Bs.As. 2001)

Wednesday, June 07, 2006

Pepe Barroeta, in memoriam


Pepe Barroeta

1. Lo supe este mediodía. Ayer se nos fue Pepe.

Los dos amigos que me acompañaron hoy durante el almuerzo oyeron algunos versos suyos que intenté recordar.

Este post no termina aquí. Lo seguiré escribiendo mañana.

Ahora sólo pido que música de Orfeo acompañe a Pepe Barroeta.

2. Retomo el post de ayer y transcribo un artículo que escribí hace diez años sobre un excelente libro de Pepe titulado CULPAS DE JUGLAR*:

"Al afirmar que entre los libros de moral los mejores son los de poesía, Leopardi quería destacar aquellos que dejan en el alma del lector un sentimiento de nobleza tal que les impide durante media hora concebir un vil pensamiento o cometer una acción indigna. Como lector lento (y escritor idem) suelo detenerme en las páginas de algunos libros que secretamente se aferran a mis manos. No sé si son los que Leopardi estimaría como morales, pero en todo caso, por entretenerme o detenerme tanto tiempo consigo, me salvan, durante mucho más de media hora, de andar cometiendo “acciones indignas” o de “pensar vilezas”. Con el más reciente libro de José Barroeta, Culpas de juglar, me ocurrió algo de eso. El evidente carácter unitario del mismo, no fue óbice para que sus páginas se me convirtieran en pasajes de un laberinto, el laberinto personal que Pepe ha venido levantando con su obra poética desde hace muchos años y que encuentra en este libro su punto culminante. Me quedé en ese laberinto varios días, sin la angustia de no tener frente a mí la puerta de salida. En silenciosa convivencia con él, sabiendo que estaba dejando en mí más de lo que pienso, escribí, al sesgo, durante el pasado mes de mayo y a la manera de un diario, los fragmentos que siguen:

Miércoles 7: Un amigo (Andrés Mejías) me regala el libro Culpas de juglar, de Pepe Barroeta. No sé por qué siento que no me lo regala, sino que me lo devuelve. Lo abro, buscando un poema cuyo manuscrito me había mostrado hace dos años Gregory Zambrano y que, leído entonces bajo el impacto de una tragedia (la inesperada muerte de Néstor, hijo de Pepe), adquiría un notable patetismo, seguramente involuntario. Me refiero a El Huésped (segunda versión), texto que quiero leer ahora sin la impronta del doloroso hecho que se impuso en mi primera y fugaz aproximación a él y que lo convertía en un asombroso poema premonitorio. Procuraré una lectura despojada de ese sello, para encontrarme de verdad con lo que sucede en el poema y no con lo que ocurrió después de su escritura. ¿Por qué no leer la poesía sin buscarle soportes legitimadores en la realidad?

Lo leo en voz alta, por segunda vez. Andrés Mejías escucha. La imagen de Aquiles, un fantasma que aparece en el poema, se levanta de pronto y domina la escena. Recuerdo entonces a otro Aquiles, el del poema de Acosta Bello. Mientras el de Arnaldo busca cobijo en Briseida para encontrarse consigo mismo, el de Pepe Barroeta no puede escapar al fatum sentenciado por La Ilíada. Bajo el ominoso poder de Hades, sus múltiples disfraces no alcanzarán a esconderlo de la muerte, y así, al amanecer “… un cortejo de heraldos/ lanza el cuerpo de un adolescente degollado/ a un basurero/ donde reposan la Ilíada/ y los muertos de una ciudad inexistente”. Cierro el libro pensando que ese fantasma se me puede aparecer a mí en Barquisimeto… .-

Domingo 11: El tema de la muerte persiste, pero en esta ocasión el poeta está a su servicio y no al revés. Pepe ya no acude a su pueblo para constatar que “todos han muerto”. Ahora la muerte es quien lo busca y él la recibe, la atiende, la contempla. Es, en definitiva, su siervo solitario. Y ella ya no es una muerte bucólica. Pepe la lleva de viaje y se exhibe a su lado en París, bebiendo una copa de vino blanco, los dos muy solos, al mediodía.
Me quedo varado en la página 22 del libro.-

Martes 13: El libro no es un acto ritual de mea culpa. Las culpas de juglar no se exhiben con golpes en el pecho. Las culpas de juglar se lavan con la lluvia. Sólo se lavan. Se asean… .- El poeta se presenta con ellas ante su espejo y descubre, con Borges, que “detrás del rostro que nos mira no hay nadie”. Somos, en realidad, ese montón de espejos rotos, ese “espejo de otro/ quebrado por culpas de juglar”.-

Jueves 14: Siento hoy que Culpas de juglar es también un diario íntimo, un inventario con secretos, un viaje sentimental, y también un encuentro con el otoño. Los poetas también se ponen viejos… .-

Este juglar está ahora en una ciudad de montaña. De ella había salido. Viajó, conoció también la melancolía de los barcos, el frío amanecer bajo las carpas, el aturdimiento de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades interrumpidas….- Fue, como todos alguna vez, Frédéric Moreau. Pero ahora está de vuelta, con el “asno de oro” de la página 37.

Viernes 15: Fue Claudio Magris, hablando de Saba, quien escribió que la gran poesía tiene siempre la humildad de quien se sabe en deuda con los demás y con el mundo. Lo he recordado leyendo este libro donde las personas, las cosas y los elementos que rodean al poeta, y que lo trascienden, conservan un misterio indescifrable, una gracia oculta que las hace perdurar en nuestra incierta memoria. Si pensamos que en este caso no se trata de una poesía contemplativa, ese rasgo es aún más asombroso.

Domingo 17: Seguir en el misterio, ser en él Aquiles sin escudo y enfrentarse solitario al mundo. Eso es ahora suficiente para justificar el paso del juglar por estas tierras. El juglar ya no pertenece a la aventura tal o cual, sino a la vida, para gozar “del silencio del poema que llega”.

Lunes 18
: Siento que Pepe Barroeta ha hecho algo así como un ajuste de cuentas con su poesía y con buena parte de la obra que han escrito muchos compañeros suyos, de viaje y de generación. No me atrevo a hablar exactamente de “ajuste”, que por ser una expresión contable, carece de poder para aludir lo que deseo expresar: cierto distanciamiento literario y vital que no se queda sólo en el arreglo de cuentas, pero que no llega a la ruptura. En fin, a medio camino entre ambos, Pepe Barroeta es otro y el mismo. Lo son sus temas y el tono general del libro. La figura del adolescente eterno que se regodeaba en un pasado remoto o en la efusión de un instante (no en su intensidad), ha dado paso a un poeta que sabe ahora que su sombra es otra y que busca en ella una vía para ser simplemente un hombre a solas. Andar de “poeta de los sesenta” por el mundo no podía seguir siendo un pasaporte válido y, mucho más que otros, Pepe Barroeta lo supo a tiempo, como lo revela la excelente presentación que en el año 81 escribió para la antología que le publicó Fundarte en 1985.

Lo que el juglar era, está dicho desde el pathos de la distancia, en el poema Canto a mí mismo, y lo que ahora es, aparece a lo largo del libro y se concentra, de manera explícita, en el estupendo poema final, Invencionario, una verdadera despedida. A éste último corresponden estos versos memorables: “Cada día mi sombra renuncia más a mí/ cada día mis fábulas forman parte de un mundo/ imposible y en ruinas/ cada día mis espejismos y mi invencionario/ dejan de ser/ me abandonan en los límites de una ciudad rodeada/ por montañas altas/ por calles estrechas/ por gentes y por casas frías./ Presiento que ahora no pertenezco a ninguna aventura/ sino a la vida”.

Martes 19: Dejo, por los momentos, el libro. Y me pongo a recordar lugares comunes, en el sentido que los griegos daban a esa bella expresión (por cierto, Pepe Barroeta da con ella nombre a la segunda parte de Culpas de juglar). Así, recuerdo que la poesía es una forma de la melancolía (Stevens, Adagia), pero es también una forma de redención, gracias a Dios".


*José Barroeta. Centro de Actividades Literarias
José Antonio Ramos Sucre. Cumaná, 1996.

Sunday, May 28, 2006

Navío de Argos


Navío de Argos

Me voy a mudar al Navío de Argos. Sí. Está decidido. No hay nada que ahora me atraiga tanto como la búsqueda del vellocino de oro, como la aventura total de Orfeo y como la entrega lenta y silenciosa al fecundo azar de los argonautas.

Después de leer un hermosísimo libro sobre las estrellas, decidí que su autor, Edmund J. Webb, fuese el timonel de mi particular nave de los locos. El me llevará por todo el firmamento. Y yo me dejaré. Ahora leo en voz alta unas palabras suyas que son mi santo y seña:

"Sólo una vez en su vida se ha hallado el autor de este libro en un lugar situado tan al sur que le permitiera contemplar al Navío de Argos en toda su gloria sobre el meridiano, pero basta con haberla visto una sola vez para sentir que la vida no se nos ha concedido en vano".

Procuremos ver, entonces, la densa nave de Argos.
Seremos
innumerables,
atónitos,
eternos.

Saturday, May 20, 2006

¿Filosofía del Deporte?


Amigos madrileños hinchas de mi equipo
porteño. "Dale Boquita, dale"


El jueves pasado seguí en mi periplo de conferencista. Esta vez fue en San Felipe mismo. A la UNEY le tocó organizar el primer encuentro de investigadores de las instituciones de educación superior que trabajan dentro del área de la educación física y el deporte. Los responsables de la actividad incluyeron una conferencia mía sobre Filosofía del Deporte. Hice una breve introducción a la lectura comentada de un texto de Fernando Savater. La introducción, tambien comentada, fue la siguiente:

"Hacia una filosofía de las ciencias del deporte.

De una vez una aclaratoria: No voy a presentarles a ustedes una reflexión original acerca del tema, sino a proponerles la lectura de un texto que podría servirnos para vincular de una manera sencilla los dos ámbitos conceptuales indicados en el título de esta supuesta conferencia. El texto a que me refiero es la entrada “Deporte” en el Diccionario Filosófico de Fernando Savater donde encontramos una lúcida puesta en práctica de un modo de ver el deporte sin disquisiciones metafísicas ni vagos entretenimientos escolásticos.

Hace tiempo que la filosofía dejó de ser una exclusiva actividad que sólo daba alimento al estéril narcisismo de los profesores que la enseñaban en las universidades. Por fortuna tomó la calle casi de su cuenta, o de la mano de sociólogos, de escritores, de periodistas, de directores de cine, de psicólogos, de neurólogos o hasta de filósofos mismos que se percataron de la vacuidad de un oficio encerrado en cubículos cuyo único resultado era el confinamiento vitalicio de sus trabajos en las páginas de una revista de gamelote filosófico arbitrada por ellos mismos. A la estirpe de los pensadores que no le temen a la calle ni a los temas que ésta demanda, pertenece, como todos sabemos, Fernando Savater. El y otros no menos talentosos, han venido desarrollando sin plan rígido alguno (o incluso, sin plan alguno) una tendencia cada vez más sólida de filosofías de la acción, en las cuales la ética y la estética se enlazan en un mismo esfuerzo por comprender la praxis social del hombre de hoy en día.

Mi siempre recordado maestro Juan Nuño, a quien invoco permanentemente a la hora de afrontar un tema como el que estoy aludiendo en estas líneas, decía que en el pensamiento actual se podían discernir dos formas bien diferenciadas: una, la replicativa, adocenada, ceñida a modelos académicos estancados o a ideologías que se niegan al cambio, y otra, la reflexiva, caracterizada por el metapensamiento y por la pluralidad de tipos, entre los cuales sobresalen los de carácter cultural, abiertamente críticos, que Nuño ejemplificaba con los nombres de Fernando Savater, George Steiner, Jean François Revel (fallecido hace pocos días), Octavio Paz y Rubert de Ventós. Yo añadiría a esa breve lista el nombre del propio Juan Nuño.

Bien, a esa última tendencia pertenece a mi juicio lo más fecundo y beligerante del pensamiento contemporáneo. Y es allí donde podemos encontrar luces para orientarnos en este vértigo del presente, tan desprovisto de ánimo axiológico, o simplemente, de curiosidad filosófica.

Para evitar la caída en el “todo vale” o en el “ya no vale la pena pensar”, vayamos de la mano amable de quienes aún mantienen encendida la filosofía, a pesar de la Filosofía. Y en este caso, vayamos a las llamadas ciencias del deporte, o al deporte, en general, para formularnos algunas preguntas que no suelen hacerse quienes están dentro de ese mundo: ni los que se colocan los monos o las botas Addidas para correr o saltar, ni quienes emplean las técnicas más modernas y sofisticadas para entrenar a los primeros.

Una de esas preguntas tiene que ver con la vieja frase del poeta Juvenal: “mens sana in corpore sano”. ¿Las ciencias del deporte y la tecnología deportiva toman en cuenta el sentido de esa frase? Algunos la repiten y quizá no sepan que están pronunciando una proclama del hombre como unidad, que están enlazando valores y fuerza y que están armonizando, retóricamente, por lo menos, cuerpo y alma. Si lo supieran no se limitarían en la práctica a intentar la conversión del cuerpo en una máquina productora de records o a cincelar un cuerpo más allá de lo que el alma y el cuerpo permiten.

¿A dónde ha ido a parar el sentido original de la frase latina? Hagamos el ubi sunt ¿Qué se fizo la alegría espiritual y poética de Píndaro ante los triunfos del cuerpo? ¿Qué se fizieron los principios olímpicos?

Si al tratamiento excesivo que algunos (no pocos) le dan al cuerpo en la preparación de los atletas, agregamos la aparición de una tecnología que en algunos deportes ha llegado a sustituir las destrezas naturales y cultivables del ser humano, ¿no estamos en presencia de una falsificación del deporte? Se nos podría responder que estamos en presencia de otra forma de hacer deporte. Es posible. Pero no me atrevería afirmar que esa respuesta sea válida. Me gustaría sí que una reflexión ética la respaldara.

Otra pregunta válida y pertinente si miramos a nuestro alrededor y vemos cómo el espectáculo deportivo se ha convertido en un fin en sí mismo, es la siguiente: ¿El sentido de pertenencia en el deporte no está siendo peligrosamente sustituido por la identificación hipnótica, mimética y automatizada con marcas comerciales o con grandes corporaciones de capital?

Bien sabemos que en el automovilismo se destaca fundamentalmente la competición entre marcas de vehículos y no entre conductores. Y algo más que puede constatar cualquiera: La tecnología audiovisual ha convertido a los espectadores de estas carreras en cuasi manipuladores de un video-game. A un paso estamos del deporte enteramente virtual, tanto para quien lo practica como para el público que lo disfruta o que lo sufre con identificación de alienado.

Problematicemos estas preguntas y demos la palabra a Fernando Savater a quien traigo a esta sala como mi ´abogado del diablo´ particular".

Monday, May 15, 2006

Vicente Gerbasi


Gerbasi


"...he aquí a Vicente Gerbasi que trae una lechuza
desde el cerro del Avila
y una ardilla de alquimia

Y este que soy yo: blanco y anciano en mi libro"

(Juan Sánchez Peláez, Por cual causa o nostalgia)

Sunday, May 14, 2006

¿Cuántas cartas de amor le escribió Satie?


Suzanne Valadon

En una de las escaleras del barrio duerme Utrillo,

mientras Erik Satie deambula infatigable

y Suzanne Valedon navega, como siempre, por el cielo radiante de Montmartre.

Después te describo mi visita.

Tuesday, May 09, 2006

Dora Maar


Dora Maar

Dora Maar está emergiendo del mar,
dorada y bella.

Sus colegas, insignes fotógrafos despreciados por Picasso,
la saludan, reverentes.

Y en silencio agradecen a Dionisos haberle secado,
después de tanto tiempo,
todas las míticas lágrimas vertidas en Guernica.

Sunday, April 30, 2006

Beatriz Viterbo cumple años


Borges y Estela Canto

30-04-06: Domingo de sol y de prolongación de un descanso que continuará mañana.

Hoy es treinta de abril, día del cumpleaños de Beatriz Viterbo. Recordemos el estupendo homenaje que Borges le hace al arte fotográfico cuando decide visitar todos los 30 de abril la casa de la calle Garay para saludar al padre de Beatriz y a Carlos Argentino Daneri, su primer hermano.

Borges va enumerando con deleite las circunstancias de los muchos retratos de Beatriz: Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; la primera comunión de Beatriz; Beatriz con antifaz en los carnavales de 1921... Y así, hasta llegar a ese delicioso retrato que muestra a Beatriz de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón.

El breve paseo por las fotos de Beatriz es la historia sucinta de su vida. Así, conocemos de su amistad con Villegas Haedo y con Delia San Marco Porcel. El primero le regalo un pekinés. Mi amigo el Turco Najul, con su habitual ojo para el detalle proustiano, tiene un poema donde habla de un hombre entrando a una casa de la calle Garay con un perrito en sus brazos. Ese hombre no es otro que Villegas Haedo, seguramente primo de Borges, como lo indica uno de sus apellidos.

Los lectores de Borges recuerdan que esta Delia que acompaña a Beatriz Viterbo en la fotografía de Quilmes es la Delia Elena del bellísimo texto de la despedida en Plaza Once de El Hacedor. Delia San Marco Porcel, por cierto, es la autora de un valioso libro inexistente que el mismo Najul citó en la bibliografía de un importante trabajo académico contentivo de un proyecto que mereció poco tiempo después los honores de la Gaceta Oficial en Venezuela.

Friday, April 28, 2006

La Anunciación de Rothko por Fra Angelico


Rothko


MELL Y ROTKHO EN EL 50

Han salido ya del convento de San Marcos.
El la toma de la mano y miran el cielo de Florencia.


Por la dulzura de su Anunciación
y por el espacio infinito de sus frescos,
invocan, agradecidos,
el nombre de Fra Angelico.


Supieron en Roma hace muy poco
que ella dará a luz el próximo diciembre.

Un suave asombro los conmueve.

Ella sonríe
y él presagia
el nuevo brillo de sus lienzos.

Saturday, April 15, 2006

Nunca adiós al rey Acosta Bello


Hace pocos días se cumplieron 10 años de la muerte de Arnaldo Acosta Bello. Recuerdo que murió al final de una semana santa. Murió un sábado, para ser exacto. Yo lo había visto en la mañana frente al quiosko de Leo, en el centro comercial Río Lama. Arnaldo estaba dentro de su pequeño vehículo leyendo el periódico. Sé que minutos más tarde se iría para Terepaima donde participaba en una toma ecológica de unos terrenos. Alli, precisamente, moriría esa tarde. Era el 6 de abril de 1996.

Hace poco le comenté a Andrés Mejías la posibilidad de publicar en Monte Avila una antología de Arnaldo. Es cuestión de hablarlo con su hijo Federico. Que yo sepa, Arnaldo dejó dos libros inéditos (El hombre de arena y Santa Palabra) que podrían publicarse antes de la antología o incluirse en ella. No sé. Me gustaría saber la opinión de Rafael Cadenas. La obra de Arnaldo merece ser divulgada, revisitada y gustada de nuevo. El libro que Julio Miranda escribió sobre ella es una estupenda valoración de su calidad y de su temple. El pasado 6 no me acordé del aniversario de su muerte, pero sí lo recordé a él. Fue durante mi clase de El Valor de Educar. Mostraba el mapa del Estado Guárico y señalé a Camaguán. De inmediato dije que allí había nacido mi inolvidable amigo el poeta Arnaldo Acosta Bello.

Reviso viejos papeles y encuentro el artículo que escribí poco después de su muerte. En realidad, doy más bien con el texto que leí en Caracas en la librería de Monte Avila, con motivo del homenaje que le hizo el CONAC y de la presentación de Adiós al Rey. Claro, ese texto no es otra cosa que la reproducción del artículo que publiqué en El Impulso pocas horas después de la muerte de Arnaldo. Copio lo que leí en Caracas:

“Para quienes estuvimos cerca de Arnaldo Acosta Bello, es difícil, a escasos dos meses de su muerte, emprender una aproximación crítica a su obra o intentar un análisis más o menos académico acerca de la presencia de esa obra en la literatura venezolana. Tiempo habrá para que personas mejor dotadas que uno realicen esa necesaria lectura y le descubran al país la existencia de un tesoro con las pistas indispensables que ya nos deparó el excelente libro que Julio Miranda le dedicara a la poesía de Arnaldo Acosta Bello, mucho antes de su muerte, vale decir, cuando aún predominaba una injusta desatención a los trabajos de Arnaldo. Prefiero quedarme esta noche en la emoción y no se me ocurre para ello algo mejor que leerles el texto que escribí a las pocas horas de la muerte del amigo. Leo:

`Esta mañana recordé unos versos de Arnaldo que leí con verdadero deleite en el número dos de la revista Papeles. Fue en 1967. Un conjunto de poemas que luego integraría su libro Fuera del paraíso, sedujo de inmediato mi interés. Poco después me enteré de que no era yo el único lector entusiasta de esos poemas. Nada menos que Julio Cortázar proclamaría en carta dirigida a Ludovico Silva, que le habían gustado los mismos textos de Acosta Bello. Y no era para menos. El verso cargado de sensualidad, el brillo de las imágenes, cierto tono coloquial, un desenfado elegante, acaso un hermetismo que retaba nuestra curiosidad, algún misterio entrevisto en la primera lectura y no revelado en ninguna posterior, todo eso, me hizo repetir durante meses estos versos que, como dije, volví a recordar esta mañana frente al cuerpo de Arnaldo Acosta Bello en una funeraria de Barquisimeto:

Quien me hizo pez

hizo también el océano

y el cielo que me duplica.

Ambiguo y triste

a quién le importo si me aparto de los demás?

(...)

Arriba se cocina, se lee un libro,

pero abajo se ama y hay espacio para el gesto,

caminamos con un cuchillo a la cintura

nadie nos mira

y no pueden ver esta jalea tinta de besos

estos mordiscos feroces

y a ti dormida en mi pecho

silenciosa y siniestra como un barco encallado.

Desde esa lectura de Papeles busqué los libros del poeta. Así, logré obtener el inhallable Hechos, emblemático libro de los años sesenta, editado por el grupo Tabla Redonda, con ilustraciones de Ligia Olivieri. También di con el olvidado (por el autor, entre otros) Canto Elemental, correspondiente a su etapa de exilio mexicano en los cincuenta. Esperé con ansiedad Fuera del paraíso, finalmente aparecido en 1970 y lo convertí en mi compañero de viaje. Libro tras libro, fui haciéndome su amigo lejano, hasta que en 1980, en Mérida, tuve la suerte de conocerlo personalmente. Se inició entonces una amistad que agradezco como pocas, estrechada en los últimos años por su residencia en esta ciudad que, por cierto, ya le estaba resultando menos hostil, por haber encontrado recientemente un bello lugar para quedarse, más arriba de Las Cuibas, justo en el sitio donde ayer se paró su corazón.

No sé qué decir en estas ocasiones. Pienso que uno puede ser fácil presa de una retórica al uso, que con seguridad Arnaldo Acosta Bello no merece. No se avenían con él ciertos patetismos a los cuales solemos entregarnos cuando se trata de hablar de un amigo que ha muerto de improviso. Era poco dado a las candilejas. Prefería el bajo perfil, la buena sombra y el discurrir íntimo de una conversación con un amigo o la charla con algún desconocido en el mercado acerca de las previsibles excelencias de un róbalo que pensaba preparar para el almuerzo. Era un apasionado de los sentidos. Su obra literaria así lo revela. Allí es donde debemos comenzar a constatarlo y, por supuesto, a descubrirle sus tesoros, mediante sedientas relecturas o lecturas primeras que sus libros esperan todavía. Porque todo hay que decirlo: Arnaldo, uno de los más prolíficos de su generación, es también uno de los menos leídos. Acercarse a su libro de memorias La confusión del Rey Esmeralda será asistir con él a la estupenda recreación de una experiencia donde se dio por entero, con su espíritu de hombre libre, su talante sin dogmas y su pasión auténtica por la vida y por literatura.

Su afán de no protagonizar la habitual rutina de la actividad de un escritor (conferencias, lecturas, bautizos de libros, etc.) muy pronto iba a ser interrumpido. Había aceptado la proposición de la Dirección de Literatura del Conac de presentar su libro Adiós al Rey en algunas ciudades del país. También preparaba su primera conferencia. Se trataba de unas reflexiones sobre la soledad del hombre, a partir de la obra de Albert Camus. Para ello hacía lecturas y anotaciones.

Arnaldo Acosta Bello, como escritor que muere luchando por el poema de siempre, deja, desde luego, importante obra inédita. Dentro de ella, un libro de poemas titulado Santa Palabra, quizá sea su verdadero testamento literario. Porque me confió los originales, algunos para su publicación en una revista, me permito leerles este poema que no es otra cosa que una despedida:

SE LO QUE DIGO

El que no me ha ayudado a vivir

Tampoco me ayudará a morir.

No hay que prolongar este adiós.

Estoy cerca, iré a encontrar

Lo desconocido, pero desde antes, desde que este viaje

Comenzó, he recibido mensajes. Cada estación

Del Planeta, cada paisaje, cada camino

Y recodo los he recorrido no sé cuántas veces.

¿Podría extraviarme conociendo la ruta

Y reinsertarme en el tiempo como un borracho

En su desvarío?

¿Será la amapola la única flor

y el pentotal la única puerta detrás de la cual

se halla el Paraíso? ¡Paraíso! Hoy estuve tan cerca,

casi me dio en la cara esa rama de donde el viento

arrancó mis pestañas y aunque los ojos están

en su puesto, evito la existencia, evito mirar

hacia atrás, no sé, hay algo que no cuadra,

algo que es la abyección de lo que amaba

y no me sostiene, no puedo pisar.

Sé lo que digo, pero no digo lo que sé,

Debo llevarme algo y es eso precisamente

Lo que debo llevar

(A Manuel Caballero, a Freddy Castillo Castellanos)

Poco antes de que el cuerpo de Arnaldo Acosta Bello se alejara de Barquisimeto con rumbo definitivo hacia Caracas, un amigo suyo, Jesús Enrique Barrios, recordó unos versos de Vicente Aleixandre: `Con dignidad murió. Su sombra cruza`. Seamos dignos de esa dignidad. Seamos dignos de esa sombra que hoy nos cruza”.

Caracas, 12 de junio de 1996

Friday, April 14, 2006

Un soneto de Picón Salas

Rothko

14-04-06: Viernes Santo. Todavía no son las ocho de la mañana. Persiste la llovizna sobre la ciudad. Releo páginas de la biografía de Picón Salas escrita por Consalvi. ¡Qué feroces los católicos de entonces! Le hicieron imposible la vida a Picón Salas en la Caracas del año 36. Fanáticos, desde las páginas de La Religión (“amable y franciscano”, llamó con ironía el ensayista al diario católico) los curas franquistas la emprendieron contra la política educativa que proponía Picón Salas. Así, se enfrentaron groseramente a la calificada misión chilena que, traída por el merideño, daría nacimiento al Pedagógico. Fue tanto el encono contra ellos que los cultos chilenos llegaron a preguntarse: “¿Pero es ésta la patria de Andrés Bello?”. Entre los miembros de esa misión estaba el poeta Humberto Díaz Casanueva, quien pocos meses después habría de sentir en Europa la genuina solidaridad de su amigo Mariano Picón Salas, enviado como encargado de negocios a Checoslovaquia, después de que la campaña de los caníbales ensotanados hiciera su efecto en el gobierno. Pero la insidia católica no cesó y de ese cargo diplomático el escritor sería destituido al poco tiempo, no quedándole otro camino que regresar al generoso Chile...

Pasan las páginas (y los años) y ahora me topo de nuevo con uno de los Tres sonetos del desengaño, de Picón Salas. Lo copio:

Señora Muerte, ya a su cita acudo./ Caballero formal, pago promesa/ y lanzo con alegre ligereza/ en la apuesta final mi último escudo.// ¿Por qué, si convidado de su mesa/ me ofrece Su Merced, trato tan rudo/ un pan de piedra en la vecina huesa,/ para el largo dormir, lecho desnudo?// Lánguida hiedra o ácida retama/ aquí la nada empieza y voy con ella,/ roto muñón o desgarrada rama.// Hundo en arena la cansada huella/ ingrávido en la lengua de la llama/ volar quisiera a la lejana estrella”.





"Cada 14 de abril se le derraman dos lágrimas" (Serrat)


María Zambrano

A diferencia de la "muchacha típica" de Serrat, a la que cada 14 de abril se le derramaban dos lágrimas, María Zambrano siguió celebrando la primavera republicana. Hoy recuerdo nuevamente su bellísimo artículo sobre "aquel 14 de abril". Lo copio:

¡Salud y República!

Aquel 14 de abril

MARÍA ZAMBRANO

Fue tan hermoso como inesperado: salió el día en estado naciente; es decir, nació. Solamente por eso, aunque hubiera nacido otra cosa –hermosa, se entiende–, también ella tendría un inmenso valor.

En el himno de Homero, Afrodita se hace merecedora de ese mismo epíteto: “La Naciente”. Así es llamada. Y de Afrodita fue aquel día, un día naciente, donde todo nació: hasta el día, hasta las nubes, hasta la gente.

Pasaban guardias civiles llevados a hombros por el pueblo, por las gentes del pueblo de Madrid, y ellos eran felices. Los rateros se declararon en huelga; no hubo un solo hurto, por pequeño que fuera. Las personas entraban en los bares, donde pedían y pagaban; nadie intentó tomarse ni siquiera un café sin pagar. Las joyerías estaban intactas, con sus alhajas resplandecientes; nadie pensó en romper los cristales, nadie pensó en romper nada.

Creo yo que era la claridad del día. Pero si esa claridad del día se dio precisamente el 14 de abril, y si lo que nació de ese día naciente fue la República, no puede ser por azar. Fue, pues, un nacimiento y no una proclamación . Y de ese día naciente recuerdo en especial un episodio.

Las gentes sólo pensábamos –es muy cursi, lo sé, pero es verdad– en amarnos, en abrazarnos sin conocernos. Llorábamos de alegría, unos y otros, en la Puerta del Sol. Yo estaba allí cuando llegó Miguel Maura, cuando entró en el Ministerio de Gobernación. El edificio se había ido llenando de gentes, como convocadas por una especie de corona de nubes que se había ido formando en el cielo.

Era una hermosísima corona, tan hermosa que, una vez vista y contemplada, hace imposible aceptar ninguna otra corona. Se hizo sola, con esas nubes de abril que son un poco hinchadas, pero contenidamente; un poco rosadas, pero contenidamente.

Era algo tenue e indeleble a la par, algo inolvidable siendo tan leve, tan sostenido que no se sabe qué esfera celeste tenía que ser, y, de no ser celeste, lo más cerca que en este planeta puede haber de celeste.

Florecieron las banderas republicanas, florecieron no se sabía desde qué campo de amapolas o de tomillo. Hasta había perfume a campo, a campo de España. Y, entonces, todo fue muy sencillo: Miguel Maura avanzó con la bandera republicana en los brazos. La llevaba tiernamente, como se lleva un depósito sagrado, un ser querido. La desplegó y dijo simplemente: “Queda proclamada la República”. Fue un momento de puro éxtasis.

Unas horas más tarde, no muchas, mi hermana Araceli, junto con su marido, con mi padre y conmigo, fuimos a Telégrafos. Entraron los hombres para poner algunos telegramas, y nos quedamos mi hermana y yo, solas, en la plaza donde no había nadie, debajo, por azar, de un reverbero blanco de luz, de una blancura incandescente, de una blancura que yo nunca más he vuelto a ver.

Llegó un grupo de hombres, de indígenas, de gente de aquí, salida, como salía todo en aquel momento, de una tierra feliz, de una tierra que estuviese comenzando a salir de la maldición bíblica, si es que de verdad nos han dicho aquello de “parirás con dolor”. Parecía que ya la tierra no tendría que parir nunca más con dolor, sino con gloria, y que todo sería amor, unión entre el cielo y la tierra. Y llegaron aquellos hombres pequeñitos, españoles, indígenas. Vinieron hacia nosotras, hacia mi hermana y hacia mí, con esa timidez que tienen todos los seres que nacen como es debido y, al mismo tiempo, llenos de confianza.

Éramos señoritas. Íbamos vestidas de señoritas. Mi hermana todavía podía pasar, pues llevaba un abrigo rojo, que ella no se encargó para la ocasión. Pero yo iba de azul celeste, color nada revolucionario. Y se acercaron casi como de puntillas, y, mirándonos, nos dijeron: “¡Viva la República!” Y nosotras, con alegría, y dándoles más espacio de cordialidad y de entendimiento, contestamos. Entonces volvieron a decirlo cada vez con mayor júbilo, al ver que nosotras participábamos y nos uníamos a ellos a pesar, creo yo que pensarían, de ser dos señoritas.

Uno de aquellos hombres, que llevaba una camisa blanca, se destacó. Sería por azar, pero estaba colocado debajo del reverbero blanco; así que la blancura de su camisa era ultraterrena y, al mismo tiempo, terrestre, porque todo era así, nada era abstracto, nada era irreal, todo era concreto, real, vivo, la mismísima realidad, la felicidad.

Artículo publicado en “Diario 16” el 14 de abril de 1985, unos meses después de su regreso definitivo del exilio

Thursday, April 13, 2006

¡Que no nos cierren el Británico!


Bar Británico

El Parque Lezama y sus fantasmas, la calle Brasil y los suyos, San Telmo completo y todos los lectores de Ernesto Sábato hemos salido en su defensa.

Martín y María Antonia quieren seguir bebiendo submarinos en sus antiguas mesas.

No hay derecho a que nos priven de los mitos.

Nos vemos esta tarde en la mesa que está frente a la B.

Wednesday, April 12, 2006

Vistos por Lavista


Paz y Borges. Paulina Lavista

Estaban en México. No sé si Paulina Lavista ya había retratado a Borges en Teotihuacan. Tal vez. Dicen que Borges estaba de muy buen humor por esos días. La foto de Teotihuacan es insuperable, pero ésta me gusta mucho por la mano de Paz que habla, que recita y que le dice a Borges a qué sabe la chía. Me gusta también por la presencia oracular del ciego y porque están los dos: el álgebra y el fuego, el arco y la lira.

Sunday, April 09, 2006

Anotaciones para la comprensión de Venezuela


Mariano Picón Salas

Una referencia de Carrera Damas me impone la búsqueda del “Mariño” de Caracciolo. Una página de Consalvi me lleva a otra de Augusto Mijares sobre los gendarmes. Una frase de Mijares me conduce a Antonio Arráiz. Y una de éste a Enrique Bernardo Núñez. Paso de los ensayos a la narrativa y de ésta a la poesía. Así, de Armas Alfonzo voy a Ramón Palomares y la poesía termina llevándome al mágico lugar de los geógrafos donde encuentro un mapa iluminado por Marco Aurelio Vila. Y ahí me detengo por ahora...

...y hago anotaciones desde Lara, desde el soberbio soneto de Luis Beltrán Guerrero (Por suave loma y calva serranía/ implorando bautismos celestiales:/ Crisma de brisas, yodo, hielo y sales:/ copa de espinas, bastos de agonía.// Madera la cruz, cirio del día/ velando los occiduos funerales,/ sebastián de los santos vegetales/ cuyo martirio mismo es alegría.// Nunca fuera tu amor decepcionado/ porque así la conoces y la quieres:/ pobre, dura y reseca, allí plantado;// ni el dolor del cilicio exasperado,/ al hombro las saetas, y no hieres,/ cardo benigno del terrón soleado”; desde el río Morere, que se seca, si el verano es dilatado, según dijo Oviedo y Baños y repitió Luis Alberto Crespo en su inolvidable primer libro.

Desde el Turbio de Lope de Aguirre, y bajo los cielos de Guachirongo que son ahora los cielos de José Luis Ochoa, escribo.

Escribo desde El Tocuyo, desde el siglo XVI y desde algún verso de Alcides Losada grabado en la ciudad de piedra. Y la palabra de Alcides me lleva al Valle de las Damas y me topo allí con la poesía de José Parra y con alguna descripción de Federman.

Entre los dioses vegetales del Yaracuy leo a Jiménez Sierra cuyos versos había traído en mi mapire de la Casa de las Letras desde Atarigua, la sumergida.

Escribo ahora desde la geografía espiritual de Felipe Massiani.

Escribo desde la geografía trashumante de la copla popular: “Yaracuy es tierra buena/ pero no para vivir./ Barquisimeto y Carora, para dentrar y salir”.

Escribo desde Puerto Cabello, pero antes lo había hecho desde El Cambur, pueblo de mujeres de vida alegre que gravitan espectrales en unos versos memorables de Alejandro Oliveros (“Al puerto se llega, por tierra, desde/ Valencia, después de hacer pie en El Cambur,/ sitio de mujeres de vida alegre,/ y en El Palito, donde el océano rompe/ contra una negra piedra que, se dice,/ viene a ser morada de monstruos”.

Cuando escribo desde Puerto Cabello lo hago al pie de una página del Cumboto de Díaz Sánchez. Una pareja de cantantes españoles y su hija me saludan en el Hotel Cumboto.

Escribo después desde Valera, desde mi Valera remota de los sesenta. Estoy frente al hotel Haak. Veo una montaña. Balbino abre la puerta de la camioneta. Sigo viendo la montaña pero no tengo ni idea de que estoy viviendo un poema y haciendo de Valera una imagen imborrable.

Escribo interminablemente desde Cumaná. ¡Ay Cumaná quién te viera!. Te veo en la poesía de tus grandes, en la de Ramos Sucre y en la de Andrés Eloy. Te veo ver a Armando Zuloaga Blanco cayendo en tu calle larga. Te veo en los recuerdos de Arnaldo Acosta Bello, en las fabulaciones perdurables de Benito Yrady y en la narrativa universal del oriente que nos legó Alfredo Armas Alfonzo, fundador indiscutido del Unare.

Escribo desde Angostura. Desde las letras de Guillermo Sucre y de Luis García Morales, mientras los pájaros de Sanoja Hernández cantan febriles por toda la selva de Canaima.

Escribo desde Caracas. Son las siete de la mañana. Estoy en el apartamento de Luisana, en los Palos Grandes. Me asomo al balcón y desde un verso de Aquiles Nazoa digo: “Buenos días, señor Avila, ¿leyó la prensa ya?”.

(...)