Tuesday, December 13, 2005

El aleph (I)


Arcimboldo

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Estoy tratando de atravesar la calle. Pasan los carros, numerosos, velocísimos. Soy sordo y tengo muchos años encima. Mi biblioteca está a punto de incendiarse.

El arriero y yo estamos llegando al pueblo donde vive mi padre. Nuestro padre, quiero decir. Y lo que veo es puritita desolación. “¿Cómo es eso, este pueblo está deshabitado?”, pregunto. Y el arriero me responde: “Aquí no vive nadie y, además, nuestro padre murió hace muchos años”. Ahora no sé si yo estoy vivo.

Mi madre acaba de recibir la respuesta del señor Jung. Nada. No tengo remedio. Así que escribiré siempre desde esta dolencia infatigable. Sólo espero que al señor William Carlos Williams le gusten mis poemas.

Un hombre furioso está dándole palos a su caballo. El caballo, imperturbable, se resiste a tirar del coche. Yo veo la escena y me indigno. Salto hacia el caballo y lo acaricio y lo beso. Amo a Ariadna.

Estoy en una pequeña sala, solo. Veo el retrato sobre el piano, junto al jarrón. No me puedo contener y profiero, entonces, mi célebre declaración de amor perdido. Sí, soy yo. Soy el mismo.

Me asomo a la ventana. Hoy no tengo pacientes. Miro hacia la estación y veo a una mujer y a un chivo. Levanto el vaso y bebo hasta la última gota de whisky que me queda.

Celebran un santo o un cumpleaños. Son las cinco de la tarde. Me lo dice el sol. Hay risas en la casa y ruido de vajillas. Soy un bulto que llora ovillado sobre un sofá. Nadie me oye.

Salgo de mi casa con una maleta. Voy de viaje, pero no me dirijo a la estación. Busco un hotel y lo encuentro. Es el Hotel Roma. Me dan la habitación 49. Hago llamadas infructuosas. Al día siguiente, por la tarde, abrirán la puerta. Saldrá un ominoso gato y me encontrarán en la cama, vestido, pero descalzo. Leerán en una breve nota: "No hagan demasiado ruido".

Llueve en la ciudad y llora en mi corazón. Quiero olvidarme de mí mismo y entro, casi al azar, a una sala de conciertos. Me estoy preparando para escuchar a una pianista, cuyo nombre, que acabo de conocer, me hace gracia. Escucharé su síntesis de Leo Délibes y Camille Saint-Saens. Y me sumergiré en la locura de una noche.

Abatido, llego al pueblo y mi escudero se queja de que no me reciben con honores. Perora incontenible, como lo hiciera yo años atrás. Me parece ridículo y le digo: "déjate de esas sandeces y entremos a nuestro lugar".

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5 comments:

Anónimo Rodríguez said...

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Me van a fusilar y me acuerdo de pronto de aquella tarde remota en que mi padre me llevó a conocer el hielo.

Debo ir a mi oficina, pero no puedo levantarme de la cama. Algo raro le pasa a mi voz. Algo rarísimo le está pasando a mi cuerpo todo. ¿En qué me habré convertido, Dios mío?

Soy el leñador. Meto los dos dedos en dos de sus puertas. Y le digo a la señora: "Por éste se nace y por aquél...". Y hacemos el amor salvajemente.

Tecnorrante said...

Que envidia de la buena, de la única, de, como siempre, no haber podido (no poder hacerlo aunque quisiera) escribir líneas como estas

Salud y vino!

Madame Bovary said...

Estoy con él dentro de la calesa que da vueltas y vueltas. Alguien, desde una acera, logra ver el pañuelo de encajes que mi mano saca distraídamente. ¿Comprenderá, acaso, que ese pañuelo es el anuncio de que adentro me están haciendo el amor divinamente?

El Enigma said...

Y eso, estoy seguro, es solo el inicio...

Saludos

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra

Henry S. said...

Cruzo una esquina de una calle de Paris. La encontré