Saturday, January 06, 2007

Al Cardenales, desde el muro de los lamentos


Ayer fui a un juego de béisbol. Tenía muchísimo tiempo que no iba al stadium. Fui con el Turco Najul. Vimos perder de la manera más dolorosa al Cardenales. Cayó 7 a 4 frente a las Aguilas del Zulia. El Turco y yo habíamos bajado a "envenenarnos" con una tostada cuando escuchamos el increíble y fatídico anuncio del mencionado score.

Cardenales llegó al noveno con ventaja sobre las Aguilas (ganaba 4 a 2). Abriendo el noveno, un mal relevo y el error del novato Alcides Escobar, permitieron el empate del Zulia. Lo trágico vendría después.

Al final del noveno nuestro equipo puso tres hombres en base sin out y llegaron los turnos de sus mejores bateadores (Luis Jiménez, Alfonzo y Robert Pérez). Bien. Ocurrió lo que sólo a este Cardenales le podía pasar: no hizo ni una sola carrera (fue en ese momento cuando el Turco y yo bajamos a comernos algo y encontramos apenas las peligrosas tostadas de La Mama).

Perder el juego después de esa insólita improductividad no sólo era previsible. Era también merecido. El articulo de Saer hoy, en El Impulso, califica esa novena entrada de “pesadilla”. Concuerdo con él. Es la imagen perfecta para ilustrar el horror que vivimos hace unas horas en el “Antonio Herrera”.

El Turco y yo sentimos anoche que este Cardenales es peor que el de los inicios. En esa época remota perdíamos y perdíamos, pero había un halo romántico en el equipo (Rafael Cadenas llegó a decir que su adhesión al Cardenales reforzaba su inclinación por las causas perdidas).

Había también una ilusión, la ilusión de quien comienza a abrirse paso en medio de las dificultades. Una poética de las derrotas nos permitía tanto el consuelo como la apuesta por tiempos mejores.

La historia es conocida. Después de varias décadas de sufrido aprendizaje, vinieron los triunfos de los noventa y se abrió una era feliz que se prolongó hasta el 2000... Ahora vivimos este desastre de la decadencia, una decadencia que incluye a un público sin gracia, frío y abatido. En los noventa llegamos a reírnos de Hiram Paz, de Neudo Morales, de Tobías Hernández (of course) y hasta de “Ereú u u”, cuando los comparábamos con nuestras nuevas estrellas. Hoy, creo que vamos por el camino de añorarlos.

Que la calidad puede mantenerse pese a todo, lo demuestran Alfonso Saer y “Guante Mágico” Catarí. El primero, un narrador que persiste en su excelencia. El segundo, siempre errático, sigue cumpliendo a cabalidad con la tradición de atrapar el menor número posible de pelotas “fuera de juego”. Ese es su trabajo. Pero, lo que es el equipo en su conjunto, lo que muestra es el panorama de unas ruinas, la fotografía desvaída de un viejo esplendor. Eso sí, en los juegos hay ahora vistosos espectáculos con las mascotas y chicas que bailan un guión coreográfico de pacotilla comercial, mientras el juego propiamente dicho lo protagoniza un equipo que ya no es equipo, sino una apatía uniformada, un remedo gris de antiguas grandezas, un bostezo de cuatro esquinas, una desgana universal.

Salvando las individualidades que todos conocemos (el consistente Carrara de anoche, por ejemplo), Cardenales, en general, produce hoy en día un profundo dolor en el alma beisbolera de quienes adoramos su divisa. Seguiremos adorándola, por supuesto, pero debemos exigir (y exigirnos) una verdadera recuperación. No importa que sea lenta. Estamos habituados. Lo necesario es que sea firme y entusiasta.

(A Lázaro Alvarez, Juan Carlos Méndez Guédez, Turco Najul, Rafael Cadenas, Martín Castillo, Eckar Raydán y Eduardo Machado. También a Carlos Miguel Castillo, in memoriam, y a Giovanni Carrara, en la foto, por su pitcheo de anoche).

2 comments:

Henry S. said...

Viví algunos años en esa ciudad y nunca vi al equipo llevarse un título. Sucede que los años que viví en Barquisimeto comprenden, exactamente, el periodo que va desde que conquistaron su primer título hasta que se llevaron el segundo. Soy un parentesis en la historia del cardenales

Altazor said...

Así es, querido Nacho.

Por cierto, anoche ganó Cardenales. Nuevamente Giovanni Carrara fue determinante. ¡Ojalá continúen así!