
Luis Alberto Crespo







El fondo del problema lleva hirviendo durante siglos y se aloja dentro de la capacidad de humillación que saben usar los que insultan. Materazzi usó el reloj del insulto con una precisión ladina: cuando más cansado estaba el contrario, que había fallado un cabezazo -este sí, contra el poste- y yabía sufrido una lesión que parecía dejarle fuera de combate. En esas circunstancias la genética del italiano sabía muy bien qué le podía doler más al argelino (de origen), y fue a su mismo origen, a hurgarlo, a levantar la tapia de una humillación antigua: la de afrentar a la familia. Acaso Zidane no lo sufrió, ni en su infancia, pero es posible que en su memoria más ancestral ese insulto haya sonado mucho más potente que un arañazo. Y surgió de él ese resplandor negativo, el cabezazo.
El insulto va haciendo su trabajo, hasta que cualquier contingencia convierte la reacción pospuesta en una venganza extemporánea, caliente, casi impúdica, e irracional. Luego el que ha insultado como quien pega sin ser visto señala con el dedo: `Me ha pegado, me ha pegado`. Y no sólo eso: la sociedad se escandaliza, y el que ha levantado la mano, cuando pudo haber levantado la voz, pasa a la historia como un vengativo que no ha tenido la caballerosidad suficiente como para haber aguantado sin rechistar la lluvia fina de los insultos de su contrario.
(...)
Cuando Zidane dejó el campo helado, y él mismo se fue como un héroe equivocado, mirando de reojo la copa que ya no iba a alzar en ningún caso, se quedó flotando una imagen legendaria, la del extranjero en la obra de Albert Camus, evocada aquí, para hablar de lo de Zidane por Lluís Bassets: sumido en la vergüenza, o en la humedad, del sol fastidioso de la tarde, hostigado por una riña que se le antojaba absurda, aquel hombre que olvidaría incluso el día de la muerte de su madre arremetió contra su oponente...
La historia terrible que siguió a esa humedad alocada del sol fue resumida por Camus en una de las más bellas descripciones literarias del desastre: `Comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que fui feliz`.
La cantidad de escritura que ha propiciado este acontecimiento extraño protagonizado por Zidane tiene su origien en varias extrañezas, la principal de las cuales comienza con esta pregunta: ¿Cómo pudo hacer eso Zidane? La capacidad de irritación que consiguen los irritantes es infinita, pero el irritante es luego el que levanta el dedo: `¡Que me están limitando mi libertad!`.
En los principios de los noventa, cuando Luis María Ansón y otros periodistas iniciaron una conspiración para devolver el poder a la derecha -a la que luego le reclamaron el pago de los servicios prestados-, cualquier voz en contra era señalada: `¡Están atacando nuestra libertad de expresión¡`. Se puso en boga la capacidad de insultar como una de las artes de la libertad, y el reguero de pólvora húmeda que generó esa simpleza desvegonzada siguió hasta hoy, y de nuevo arrecia.
El otro día un juez español señaló en una sentencia -contraria al periodista que los profirió, menos mal- la cantidad de insultos proferidos desde la emisora episcopal contra un medio de comunicación cuyo modo de proceder no gusta al autor de los improperios. La lista circuló en algunos medios -uno de ellos no sólo publicó esa lista, sino que se permitió añadir lo que el juez dijo que tampoco se podía decir: el número al que debían dirigirse los que quisieran anular la suscripción que tuvieran con el medio vilipendiado...-.
Ésa es una lista instructiva sobre lo que nadie debería decir del otro. Sobre ella no se ha pronunciado -cómo iba a hacerlo, no lo ha hecho nunca, no lo hará- la Asociacion de la Prensa ni ningún otro organismo encargado de velar por que los periodistas no crean que todo el monte es orégano y que insultar no sólo es mala educación sino que no es periodismo...
Estos materazzi de los medios que son capaces de decir de otros incompetente, lamentable, irresponsable, traidor infecto, repugnante, falso, calumniador, basuro, abyecto..., y no sigo copiando porque a los dedos también les repugna la pulsación del teclado, se han hecho la orla de los verdaderos depositarios de la libertad de expresión. La altura a la que han llegado es inversamente proporcional a la dignidad que desprenden.
La FIFA ha llamado a un careo a Materazzi. Aquí en el periodismo, no hay FIFA (menos mal, digo yo, Altazor, no Juan Cruz), pero hay muchos materazzi que disfrutan de la impunidad del insulto, y cuando alguien los reconviene, simplemente llevándolos al juzgado, levantan el dedo y gritan otros insultos, reproducen aquellos que se les prohíben y señalan al insultado: `¡Me quieren amordazar¡`.
Libertad de expresión, cuántos crímenes en tu nombre. Y cuánta impunidad asiste al que insulta, hiere, reconviene y ensucia"
Juan Cruz















Hace pocos días se cumplieron 10 años de la muerte de Arnaldo Acosta Bello. Recuerdo que murió al final de una semana santa. Murió un sábado, para ser exacto. Yo lo había visto en la mañana frente al quiosko de Leo, en el centro comercial Río Lama. Arnaldo estaba dentro de su pequeño vehículo leyendo el periódico. Sé que minutos más tarde se iría para Terepaima donde participaba en una toma ecológica de unos terrenos. Alli, precisamente, moriría esa tarde. Era el 6 de abril de 1996.
Hace poco le comenté a Andrés Mejías la posibilidad de publicar en Monte Avila una antología de Arnaldo. Es cuestión de hablarlo con su hijo Federico. Que yo sepa, Arnaldo dejó dos libros inéditos (El hombre de arena y Santa Palabra) que podrían publicarse antes de la antología o incluirse en ella. No sé. Me gustaría saber la opinión de Rafael Cadenas. La obra de Arnaldo merece ser divulgada, revisitada y gustada de nuevo. El libro que Julio Miranda escribió sobre ella es una estupenda valoración de su calidad y de su temple. El pasado 6 no me acordé del aniversario de su muerte, pero sí lo recordé a él. Fue durante mi clase de El Valor de Educar. Mostraba el mapa del Estado Guárico y señalé a Camaguán. De inmediato dije que allí había nacido mi inolvidable amigo el poeta Arnaldo Acosta Bello.
Reviso viejos papeles y encuentro el artículo que escribí poco después de su muerte. En realidad, doy más bien con el texto que leí en Caracas en la librería de Monte Avila, con motivo del homenaje que le hizo el CONAC y de la presentación de Adiós al Rey. Claro, ese texto no es otra cosa que la reproducción del artículo que publiqué en El Impulso pocas horas después de la muerte de Arnaldo. Copio lo que leí en Caracas:
“Para quienes estuvimos cerca de Arnaldo Acosta Bello, es difícil, a escasos dos meses de su muerte, emprender una aproximación crítica a su obra o intentar un análisis más o menos académico acerca de la presencia de esa obra en la literatura venezolana. Tiempo habrá para que personas mejor dotadas que uno realicen esa necesaria lectura y le descubran al país la existencia de un tesoro con las pistas indispensables que ya nos deparó el excelente libro que Julio Miranda le dedicara a la poesía de Arnaldo Acosta Bello, mucho antes de su muerte, vale decir, cuando aún predominaba una injusta desatención a los trabajos de Arnaldo. Prefiero quedarme esta noche en la emoción y no se me ocurre para ello algo mejor que leerles el texto que escribí a las pocas horas de la muerte del amigo. Leo:
`Esta mañana recordé unos versos de Arnaldo que leí con verdadero deleite en el número dos de la revista Papeles. Fue en 1967. Un conjunto de poemas que luego integraría su libro Fuera del paraíso, sedujo de inmediato mi interés. Poco después me enteré de que no era yo el único lector entusiasta de esos poemas. Nada menos que Julio Cortázar proclamaría en carta dirigida a Ludovico Silva, que le habían gustado los mismos textos de Acosta Bello. Y no era para menos. El verso cargado de sensualidad, el brillo de las imágenes, cierto tono coloquial, un desenfado elegante, acaso un hermetismo que retaba nuestra curiosidad, algún misterio entrevisto en la primera lectura y no revelado en ninguna posterior, todo eso, me hizo repetir durante meses estos versos que, como dije, volví a recordar esta mañana frente al cuerpo de Arnaldo Acosta Bello en una funeraria de Barquisimeto:
hizo también el océano
y el cielo que me duplica.
Ambiguo y triste
a quién le importo si me aparto de los demás?
(...)
Arriba se cocina, se lee un libro,
pero abajo se ama y hay espacio para el gesto,
caminamos con un cuchillo a la cintura
nadie nos mira
y no pueden ver esta jalea tinta de besos
estos mordiscos feroces
y a ti dormida en mi pecho
silenciosa y siniestra como un barco encallado.
Desde esa lectura de Papeles busqué los libros del poeta. Así, logré obtener el inhallable Hechos, emblemático libro de los años sesenta, editado por el grupo Tabla Redonda, con ilustraciones de Ligia Olivieri. También di con el olvidado (por el autor, entre otros) Canto Elemental, correspondiente a su etapa de exilio mexicano en los cincuenta. Esperé con ansiedad Fuera del paraíso, finalmente aparecido en 1970 y lo convertí en mi compañero de viaje. Libro tras libro, fui haciéndome su amigo lejano, hasta que en 1980, en Mérida, tuve la suerte de conocerlo personalmente. Se inició entonces una amistad que agradezco como pocas, estrechada en los últimos años por su residencia en esta ciudad que, por cierto, ya le estaba resultando menos hostil, por haber encontrado recientemente un bello lugar para quedarse, más arriba de Las Cuibas, justo en el sitio donde ayer se paró su corazón.
No sé qué decir en estas ocasiones. Pienso que uno puede ser fácil presa de una retórica al uso, que con seguridad Arnaldo Acosta Bello no merece. No se avenían con él ciertos patetismos a los cuales solemos entregarnos cuando se trata de hablar de un amigo que ha muerto de improviso. Era poco dado a las candilejas. Prefería el bajo perfil, la buena sombra y el discurrir íntimo de una conversación con un amigo o la charla con algún desconocido en el mercado acerca de las previsibles excelencias de un róbalo que pensaba preparar para el almuerzo. Era un apasionado de los sentidos. Su obra literaria así lo revela. Allí es donde debemos comenzar a constatarlo y, por supuesto, a descubrirle sus tesoros, mediante sedientas relecturas o lecturas primeras que sus libros esperan todavía. Porque todo hay que decirlo: Arnaldo, uno de los más prolíficos de su generación, es también uno de los menos leídos. Acercarse a su libro de memorias La confusión del Rey Esmeralda será asistir con él a la estupenda recreación de una experiencia donde se dio por entero, con su espíritu de hombre libre, su talante sin dogmas y su pasión auténtica por la vida y por literatura.
Su afán de no protagonizar la habitual rutina de la actividad de un escritor (conferencias, lecturas, bautizos de libros, etc.) muy pronto iba a ser interrumpido. Había aceptado la proposición de la Dirección de Literatura del Conac de presentar su libro Adiós al Rey en algunas ciudades del país. También preparaba su primera conferencia. Se trataba de unas reflexiones sobre la soledad del hombre, a partir de la obra de Albert Camus. Para ello hacía lecturas y anotaciones.
Arnaldo Acosta Bello, como escritor que muere luchando por el poema de siempre, deja, desde luego, importante obra inédita. Dentro de ella, un libro de poemas titulado Santa Palabra, quizá sea su verdadero testamento literario. Porque me confió los originales, algunos para su publicación en una revista, me permito leerles este poema que no es otra cosa que una despedida:
Tampoco me ayudará a morir.
No hay que prolongar este adiós.
Estoy cerca, iré a encontrar
Lo desconocido, pero desde antes, desde que este viaje
Comenzó, he recibido mensajes. Cada estación
Del Planeta, cada paisaje, cada camino
Y recodo los he recorrido no sé cuántas veces.
¿Podría extraviarme conociendo la ruta
Y reinsertarme en el tiempo como un borracho
En su desvarío?
¿Será la amapola la única flor
y el pentotal la única puerta detrás de la cual
se halla el Paraíso? ¡Paraíso! Hoy estuve tan cerca,
casi me dio en la cara esa rama de donde el viento
arrancó mis pestañas y aunque los ojos están
en su puesto, evito la existencia, evito mirar
hacia atrás, no sé, hay algo que no cuadra,
algo que es la abyección de lo que amaba
y no me sostiene, no puedo pisar.
Sé lo que digo, pero no digo lo que sé,
Debo llevarme algo y es eso precisamente
Lo que debo llevar
(A Manuel Caballero, a Freddy Castillo Castellanos)
Poco antes de que el cuerpo de Arnaldo Acosta Bello se alejara de Barquisimeto con rumbo definitivo hacia Caracas, un amigo suyo, Jesús Enrique Barrios, recordó unos versos de Vicente Aleixandre: `Con dignidad murió. Su sombra cruza`. Seamos dignos de esa dignidad. Seamos dignos de esa sombra que hoy nos cruza”.
Caracas, 12 de junio de 1996
Rothko
14-04-06: Viernes Santo. Todavía no son las ocho de la mañana. Persiste la llovizna sobre la ciudad. Releo páginas de la biografía de Picón Salas escrita por Consalvi. ¡Qué feroces los católicos de entonces! Le hicieron imposible la vida a Picón Salas en la Caracas del año 36. Fanáticos, desde las páginas de La Religión (“amable y franciscano”, llamó con ironía el ensayista al diario católico) los curas franquistas la emprendieron contra la política educativa que proponía Picón Salas. Así, se enfrentaron groseramente a la calificada misión chilena que, traída por el merideño, daría nacimiento al Pedagógico. Fue tanto el encono contra ellos que los cultos chilenos llegaron a preguntarse: “¿Pero es ésta la patria de Andrés Bello?”. Entre los miembros de esa misión estaba el poeta Humberto Díaz Casanueva, quien pocos meses después habría de sentir en Europa la genuina solidaridad de su amigo Mariano Picón Salas, enviado como encargado de negocios a Checoslovaquia, después de que la campaña de los caníbales ensotanados hiciera su efecto en el gobierno. Pero la insidia católica no cesó y de ese cargo diplomático el escritor sería destituido al poco tiempo, no quedándole otro camino que regresar al generoso Chile...
Pasan las páginas (y los años) y ahora me topo de nuevo con uno de los Tres sonetos del desengaño, de Picón Salas. Lo copio:
“Señora Muerte, ya a su cita acudo./ Caballero formal, pago promesa/ y lanzo con alegre ligereza/ en la apuesta final mi último escudo.// ¿Por qué, si convidado de su mesa/ me ofrece Su Merced, trato tan rudo/ un pan de piedra en la vecina huesa,/ para el largo dormir, lecho desnudo?// Lánguida hiedra o ácida retama/ aquí la nada empieza y voy con ella,/ roto muñón o desgarrada rama.// Hundo en arena la cansada huella/ ingrávido en la lengua de la llama/ volar quisiera a la lejana estrella”.






